8 jul. 2017

Aristimuño, el gran versionador

Por Nacho Fittipaldi


Tal vez a Lisandro Aristimuño sea junto con Aca Seca y el Chango Spasiuk, los artistas a los que más veces he ido a ver, agrego también a Tabaré Cardozo. Esa repitencia responde a órdenes distintas. Aristimuño es a mí, modestísimo entender, desde hace muchos años el músico argentino de la escena pop-rock con mayor proyección, mayor presente y con un futuro arriesgado e impredecible. Todo depende de él. El éxito tan temprano puede ser un riesgo enorme.
Ayer en el Coliseo Podestá en medio de una noche inclemente, asistimos otra vez a una gala musical con muchísimos antecedentes en mi biografía personal que lo tienen a él como protagonista recurrente. Aristimuño además de ser un compositor muy respetable es básicamente un orquestador y el mejor versionista de sí mismo. Por eso vuelvo a verlo cada vez. Ejemplo: Hace unos años había comprado entradas para verlo en el ND Ateneo (por entonces se llamaba así), la fecha era de viernes. Por casualidad unos amigos me habían regalado entradas para verlo al día siguiente en La Plata. Y eso que podía haber implicado un terrible fastidio por ver dos veces el mismo show se convirtió en una extraordinaria lección. Resulta que el muchacho tímido y algo vanidoso del sur tenía dos shows completamente distintos en donde no solo no repetía el repertorio sino que además los arreglos eran totalmente distintos a los de sus grabaciones en estudio y los del día anterior. Esta lógica quedó comprobada cuando él comentó en una entrevista  que tenían tres shows distintos ensayados con su banda. Claro, luego de verlo al menos una vez por año desde hace  diez, esto podría implicar para Uds. que leen, suponer que nada podría resultarme novedoso u original. Y ese es exactamente el punto. Cada vez que vi un recital suyo había algo nuevo para destacar, o los arreglos de su voz, o las del coro, o el sobresaliente cuarteto de cuerdas que ahora parece haber abandonado y remplazado por un teclado y con la presencia del bajo más que la del chelo. Ese enroque, tal vez tenga sus consecuencias. O a veces la presencia más marcada de las guitarras eléctricas, o simplemente mayor presencia suya como solista para interpretar canciones melódicas, o a veces no y entonces la faceta mas rockera de la banda aparece con una potencia inusual para un octeto que mixtura la batería de un power trío con las sutilezas de la viola y el violín, y la distorsión de la electrónica que jamás desentona. Una conquista suya.

Pero ayer había otra cosa en juego, después del desmesurado  Mundo Anfibio y de sus sucesivos grandes Gran Rex, (la historia de la música en algún momento dirá “te acordas de los Gran Rex de Aristimuño??” y eso será como evocar los Luna Park de Sui Generis, tal vez) mi pregunta era qué más puede hacer. Pues bien, lo que vino fue Constelaciones y para mi modesto gusto lo que vino no era superior a Mundo Anfibio. Esto es subjetividad pura, quiero decir que la música, las canciones, los climas, los arreglos, etc. no me llegaban ni me poseían como lo anterior. Aclaración: en un cd con diez temas hay al menos cinco que son geniales. Y aquí hay otro acto de injustica. Diría, si queres saber quién es Aristimuño anda a verlo en vivo, y si podés andá al Gran Rex. Nada es igual después de eso, incluso para él. Creo que es su propia trampa y limite. Y ayer lo hizo de vuelta, otra vez ahí, sentado con cierta angustia por saber que lo que iba a ver no me satisfacería si se despachaba con todo el nuevo material, aun habiendo oído su ultimo Cd una vez por día, durante veinte, para poder apreciar mejor lo que desde el día de mi cumpleaños sabia era mi regalo.
Ayer desbordó otra vez, nuevamente su banda se puso por delante de su reciente e infame estrellato, a manos de chicas que no aguantan callarse la boca y gritarle “te amo” al alguien que parece despreciar esas manifestaciones. El recital de ayer estuvo marcado por un juego de luces (qué antigüedad) que colaboró en un clima intimista por momentos, él solo con su guitarra, susurrando palabras entre luces blancas que proyectan su figura sobre el techo del teatro, son como fantasmas de la opera encontrando la butaca donde sentarse y disfrutar. También son las prolongadas introducciones que ejecutan sin haber qué canción arranca dado que aquí todo está permitido y las introducciones son canciones instrumentales en sí mismas; o la sutileza de un teclado demasiado bajo quizá, pero que cuando se oye suena precioso. O esa sonoridad total que llega con Plug del Sur, o En mí, y entonces estoy contra la butaca, con la cara desdibujada como un niño nuevamente engañado, como un adolescente que pese a su creencia madura ha quedado atrapado por el mago, intentando descubrir el truco. Ese riesgo es el suyo, y lo somete al infinito a reversionarse una vez más, cada vez, siempre que se presente sin ánimo de repetirse. Su inigualable virtud. Ser uno distinto cada vez. Reitero, él es su mejor versionador. ¿Cuantas veces puede superarse a sí mismo sin falsearse? ¿Cuántas veces un artista puede hacer su mejor libro, su mejor cuadro, superarse, una y otra vez? Él parece tener la formula, la paleta, las hojas, el brillo, la pelota ideal para el mejor gol, la musa oportuna, el paisaje ideal para lograrlo cada vez.
La muestra cabal de todo lo aquí dicho es que por primera vez en mi vida, he visto a uno de los agentes de seguridad del teatro, un mono de dos metros, cantar, aplaudir, reírse, bailar en el pasillo del teatro, más preocupado por el disfrute personal y colectivo que por la seguridad.

Aristimuño lo había hecho otra vez adelante de todos, de la galera había sacado un conejo azul, con ojos rojizos y preocupado, como queriendo volver al plano de donde lo habían sacado.

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