8 sept. 2016

Nostalgia a café

Por Nacho Fittipaldi

Una rutina se cumple cuando se ejecuta. Entonces subo por calle Bolívar desde La Boca hasta Plaza de Mayo, los carros hidrantes lucen amenazantes allí, en una mañana absurda a juzgar por su presencia. La plaza está calma, el cansancio y la indiferencia no vencen a los combatientes de Malvinas que, desde hace años, acampan. Unas cuadras antes de esta nueva escenografía PRO camino por calle Alsina, paso por delante de una vitrina por la que he pasado varias veces y nunca he entrado. Su configuración es intimidante, tal vez atente contra la propia prosperidad del comercio. Desde el frente cuelgan tensos toldos de color rojo intenso, ahora deteriorados apenas por el desgaste solar, vidrios impecables que ofrecen delicias bien presentadas, cortinas que apenas reflejan “el sol de este otoño que hiciste primavera” dice la canción. Parto del supuesto que los restaurantes, bares o locales que no dejan ver lo que hay dentro atienden a tres razones: O son carísimos, o son prostíbulos, o son prostíbulos caros. Los alfajores de maicena brillantes despejan algunas opciones, delante mío un hombre común ingresa al bar. La Puerto Rico está ubicado en calle Alsina entre Balcarce y Defensa. Otra vez la cuestión de clase prefigura el comportamiento. Decido entrar solo porque el que entró frente a mí tenía aspecto de poder pagar el café que también yo estoy buscando. Sí él puede, también yo. Arriesgo. Al abrir la puerta me topo, mejor dicho casi me llevo puesto, a esas ¿estatuas? que pululan por Av. Corrientes y otros sitios emblemáticos de la ciudad: Olmedo y Porcel, Minguito, Juan Carlos Calabró, la de Sandro en el Gran Rex sentado en un sillón es algo que apenas puedo tolerar. Qué necesidad. Fisonomía PRO. Esta, a diferencia de las nombradas, es ininteligible. No se sabe quién es, podría ser Juan Carlos Mareco pero qué sentido tendría. Una peluca infame cubre el cráneo, camisa negra, pantalón de vestir gris y una botella de Anís 8 Hermanos lo acompañan en una mesa en la que se ve una partitura. Descartado Mareco, quién carajo es. ¿Mariano Mores? Indescifrable, qué pensará Mariana Fabianis.  
Busco una mesa entre las cientos de mesas posibles, el lugar es verdaderamente grande, cómo se llena esto, no hay más de once personas, una chica se acerca y me dice, “Señor?” le comento que voy a desayunar y que estoy solo. Pido un café con leche y dos medialunas, como nunca sé cuáles son las de grasa, y cuáles de manteca, le digo que es lo mismo y que traiga lo que quiera. El salón es algo oscuro, lo dicho, el toldo de afuera logra cierta intimidad que adentro se reproduce como un frío crudo, observo los artefactos de calefacción y compruebo que están esplendorosamente apagados. Afuera la garúa se hizo lluvia y la gente apresura el paso. La moza me rodea por el costado, se pone de frente y con dos jarros de metal, comienza a servir el café, uno por vez. Es una trompada. La ignota muchacha es ahora vehículo, reconozco eso que hace mientras dice “Dígame hasta cuando”, necesita que le dé la indicación de cuanto café deseo y lo mismo con la leche. Esa práctica antigua, casi extinta, que ella hace con displicencia me deposita en el salón comedor del hotel de Chapadmalal, ¿año 1987, 88, 89? Un hotel querido, remoto, gigante, peronista, al que ya no recuerdo cuantas veces fui. Íbamos en familia antes de que todo estallara por los aires. La costa atlántica es una línea de tiempo en la que las historias de vida se recortan como cicatrices personales. Allí fuimos familia. Fue lo que fuimos y en una ola estábamos todos. Después ya no. El olor a café perforaba las paredes del salón comedor, las tostadas llegaban tibias, la mermelada en esos diminutos potes que nosotros acopiábamos a instancias de Papá para la merienda de la tarde que hacíamos en los acantilados. Una vez volví.


La Puerto Rico lleva nombre caribeño para un café-restaurante-boliche en donde hace frío polar. Las baldosas llevan dibujadas y pintadas unas palmeras en negro y verde, hay un escenario y un falso telón color carmesí empotrado en la pared. El falso telón simula un telón. Con parsimonia y cara de habitué ingresa Juan Sasturain, me mira con cara de <<nos conocemos>>, devuelvo el saludo con respeto y deseo de que así fuera. Se sienta junto a una piba de unos 29 años que lo espera desde hace rato. Las medialunas son altas y amarillas, ¿todo es PRO en esta ciudad?, el tamaño es más bien cercano a una bondiolita de cerdo, como si la hubieran inyectado, como si le hubieran dado el mismo complejo vitamínico que tomaba Messi para crecer, tamaño de mini pan dulce, similar a la enana Noelia Pomba. Incomibles, ojo, no tanto por el sabor sino por el esfuerzo mandibular, desafío límite para las articulaciones, y el decoro de mantener la boca cerrada, dentro de lo registros civilizados de una sociedad promedio. La altura del local es algo llamativo, el frio lo abarca todo, las columnas (debe haber al menos seis en todo el local) son robustas como para sostener un puente como el que intentó construir Menem. Buenos Aire-Colonia prometía el riojano. De las columnas surge una nota de originalidad, han pasado de manera circular un anillo metálico que cubre el ancho de la columna y desde allí cuelgan unos ganchos para que la columna sea perchero. Si de allí pendieran abrigos, el espectáculo sería grotesco.

Intento leer un libro de historia del siglo XIX pero la verdad es que el escenario general me tiene tomado. La Puerto Rico también funciona como panadería. Las parejas , la gente que hay es toda grande y fea, no hay nadie lindo, ni la estatua. Cada vez que levanto la vista de las hojas la veo frente a mí, allí está, inerte, suspendida en el tiempo. Sea Mareco o Mariano Mores, lo que tiene en el atril no es una partitura: Es la carta, el menú del local. Junto a ella hay un piano, la confusión es total. Conjeturo. Sí es Mariano Mores sería lógico que aquello fuera una partitura, pero entonces por qué no poner la estatua junto al piano y una partitura de verdad. No. Lo ponen en una mesa en actitud de leer una partitura que es menú y con una botella de 8 Hermanos, lejos de ser un homenaje esto es una ofensa. No soporto más. Llamo a la moza, le pregunto. ¿Me podrías decir quién es el de la estatua? La piba me mira como extrañada, como si le estuviera hablando en Sefardí. “Ni idea señor, no sé quién es –y se excusa- soy nueva”. Pienso que todos somos nuevos en algo y que la apariencia externa de este lugar ubicado en el casco histórico de la ciudad, aún bella, antigua, distinguida, no es lo que La Puerto Rico es por dentro, es todo eso y por momentos la sensación que de jueves a domingo esto es un terremoto de merengue, ron y Caribe. Un contraste desmesurado entre un afuera y el adentro.  La costa atlántica también es eso, una biografía familiar deshilacha por el tiempo.

1 comentario:

mario dijo...

ta bueno..