27 abr. 2016

Un jardinero peligroso



Por Nacho Fittipaldi

Roberto es un Sherpa de cantero. Cada un año o dos aparece en casa con la precisión de las tormentas estacionales. La primera vez fue para nivelar el terreno de casa. Había que entrar varios camiones de tierra y emparejar lo desparejo. Lo llamé, su voz y su manera de hablar me generaron desconfianza. Cuando lo vi el prejuicio dio lugar al juicio y el juicio es lo que escribo. Será justicia.
Aquella vez nos sorprendió por su fortaleza física, Roberto mide 1,55, tal vez 1,57, su contextura es menuda pero evidentemente su fuerza es brava. Entra y sale una y otra vez; una carretilla, dos, tres, cinco…perdemos la cuenta. En aquella oportunidad andaba con un hombre muy mayor, bajito y ancho como un frezzer de almacén. En esa primera visita a casa no hubo incidentes que lamentar, luego vino la época de plantar y dar vuelta la tierra, y sembrar pasto, eso lo hice yo. La segunda vez que vino ya fue por dolencia. Creo que yo estaba en cama y el pasto crecía y el cerco a la par.
-          Roberto podrás venir a casa a darnos una mano??
-          Sí, si, voy, voy, no hay drama.
Le explicamos qué era lo que había que hacer y se dedicó a lo suyo con energía. En un momento se acerca y le dice a Pao:
-          Podo el sauce??
-          Nooooo, Roberto. Corta el pasto y nada más.
La respuesta había sido clara, contundente y hasta incluso cortante. Un rato más tarde el sauce lucía un corte entre bombé y carré. El sauce había quedado con una copa solo semejante a los cercos y arbusto que hay en Los cocos (Córdoba) en esa zona del predio en donde hay un laberinto hecho con cercos, paseo ineludible del viaje de egresados de 7° grado. Aún hoy, un año después el sauce luce raro y aulla cada vez que Robertito se aproxima.
-          Te dije Roberto que no lo podaras. Mira lo que hiciste!!!
Él pareciera no comprender del todo. A simple vista Roberto es débil mental pero a la hora de cobrar, factura como si fuera Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook.
Como consecuencia de apisonar el terreno se produjo otro episodio que pinta a nuestro amigo de cuerpo entero. Aquella vez Rober había usado un pisón, o rodillo, que se usa para apisonar y alisar el terreno. Este objeto era de un tamaño significativo, un rodillo de un metro y medio de largo por unos treinta centímetros de diámetro, rellenado con cemento y con una manija bastante arcaica para hacerlo desplazar. Este rodillo o pisón era pesadísimo, yo mismo  intenté moverlo y la verdad es que costaba un huevo. Ellos lo movían entre dos.
Un día se aparece en casa pidiéndonos prestado el pisón para hacer un trabajo en otro lugar. Ante eso nuestra respuesta fue, “No hay problema pero cómo te lo vas a llevar” Robertito tiene como todo vehículo una moto, desde donde una vez me insultó por la calle sin advertir que era yo, luego al reconocerme falseó una media sonrisa y me saludó como si nada;  también anda en un Fiat Uno que ahora cambió por un Fiat Spacio, un claro ejemplo de movilidad social descendente. O sea el cómo le imposibilitaba el para qué. “Yo me lo llevo” dijo seguro de sí mismo. Cabe decir que el pisón no pesaba menos de 100 kg. Pasan unos días y aparece Roberto con un amigo que tenía una cara de insano alarmante. “Hola –dice con voz aflautada y velocidad de chita-  vine a buscar el pisón” detrás suyo se ve la moto y un pequeño tráiler que es igual al que usan los jardineros para llevar bordeadoras, machetes, motosierras y hasta una máquina de cortar pasto pero jamás para trasladar un pisón de 100 kg. Pao lo advierte, “te vas a dar vuelta, se te va a dar vuelta la moto” Roberto insiste como si nosotros no quisiéramos darle el pisón, “Roberto te lo regalo el pisón pero no lo cargues ahí porque vas a tener un accidente o vas a aplastar al que venga detrás tuyo” El pequeño, o los pequeños muchachos van hasta el fondo del terreno, arrastran el pisón hasta el portón de calle e intentan subir el pisón al carro. La moto corcovea, relincha, se niega. La moto sede, y Roberto, no sabemos cómo, vence y se va.
Una tarde del año pasado suena el timbre, es Roberto:
-          Hola, cómo andas –Roberto parece un roedor con daño cerebral-.
-          Qué haces Roberto!?
-          ¿No necesitas que te haga el parque?
-          No. –su cara expresa algo distinto esta vez-.
-          Acabo de chocar, choqué con la moto –hace un silencio que yo entiendo como un socorro-.
-          ¿Estás bien, te golpeaste?
-          Si, golpeé un poco la moto pero estoy bien. ¿Tenes $100? –a mí la pregunta me descoloca, me pide plata cuando yo le ofrezco ayuda y a la vez con $100 no resuelve ningún quilombo (pienso) de los que el choque le puede haber provocado; él agrega:
-          Después cuando venga a trabajar te cobro menos
-          Sí, sí no hay problema –digo yo medio confundido- pero alarmado por el abuso del pedido.
Roberto es así, te obliga a tener la guardia alta todo el tiempo aunque su aspecto invite más a ofrecerle ayuda.
Dos semanas sin parar de llover, el pasto está muy alto y con mi máquina no puedo entrar a cortar. Lo llamo aunque sé en qué me meto. “Podrás venir a cortar??”
Llega temprano, la altura de siempre, remera manga corta, gorra con visera y anteojos de sol, no son anteojos deportivos ni playeros, son anteojos de sol pero de vestir, pantalones tipo pampero y borcegos. Cuando veo bajar sus herramientas le aclaro:
-          Roberto cortá con la máquina, no cortes con la desmalesadora porque quemas el pasto.
-          Sí, sí quedate tranqui.

Eso es justo lo que no va a suceder, sé que para que no haga cagadas estoy obligado a espiarlo desde adentro de casa, siguiendo paso a paso lo que hace porque un segundo de librepensador que le agarre y es capaz de podarte un árbol en extinción. Roberto camina un poco por el parque, es un Sherpa de cantero, agrega, “No tenes una bolsita para juntar la cacona de la perra”, el detalle de la palabra <<cacona>> es algo que apenas puedo tolerar, la risa me invade. Arranca a trabajar, en 20 minutos corta todo el parque, ahora junta el pasto, yo me tomo un mate y de pie, detrás de la cortina observo lo que este potro de la naturaleza realiza. Roberto es dueño de una brutalidad anestesiada. En cualquier momento se enciende y genera el infortunio. Yo sedo ante mi propio yo. Repaso las órdenes que le di como para convencerme que fui claro: cortar el pasto, cortar el cerco, limpiar los yuyos que taparon a las plantas y cortar el pasto de la pileta. Eso dije. Cuando levanto la vista veo a Roberto adentro de la pileta cortando el pasto, en verdad no está haciendo eso ahora. Lo miro y no entiendo. Cómo hizo. Qué carajo hizo para hacer lo que mis ojos ven. Roberto está de pie en la vereda de la pileta, la desmalezadora está al revés, la parte de la tanza con la que corta está mirando al cielo, en el aire la maquina ruje, fu fu fu fu, él hace un movimiento como si tuviera un dorado al otro extremo de la línea, mueve la caña, la tensa, el dorado no salta, la media sombra que cubre la pileta de las hojas otoñales se estremece, esta enredada a la tanza de la máquina, entabla un dialogo con el sauce, solo ellos comprenden. La media sombra está abierta exactamente a la mitad como si la hubiera abierto con una trincheta. Estoy cansado de controlarlo y que no surja efecto. Robertito lo arruinó otra vez. Su fuerza es bruta pero por sobre todo: Libre.

2 comentarios:

Ladislao dijo...

Jajajajajja; Qué final!!! "...sobre todo libre."

Martín dijo...

Es que no lo dejás ser Tío!!!