16 abr 2011

Crónica de un día agitado con Hernan Brienza





Por Nacho Fittipaldi
Esta historia es la historia de un tipo enorme, ancho, muy alto, debe medir como un metro ochenta y cinco u ochenta y ocho, parece ser poca altura para distribuir los ciento treinta kilos que ostenta. Pese a ello el tipo no se mueve con parsimonia ni lentitud sino que impone un ritmo que su vida le dicta; sin margen aparente para otra cosa. Hernán Brienza se levanta 05 AM todos los días, hace su programa de radio en Radio América, termina su programa, sale para Radio Nacionl para hacer su columna con Héctor Larrea, levanta las llamadas y los mil mensajes de texto que le han ido dejando durante la jornada <<Estoy hasta las manos>> dirá cada vez que algo que había asumido como realizable pasa al campo de lo suspendible. Es convocado por la producción de 6-7-8, por Tristán Bauer para filmar una película sobre Manuel Dorrego, él ha escrito El Loco Dorrego, libro muy comentado por Chávez y Cristina en Twitter, y por nosotros para que de una charla en Ayacucho el 15 de abril por la noche y en un mínimo pueblo llamado Labardén (Partido de Gral. Guido) el sábado a la tarde. Labardén es tan chico que me da miedo que Hernán no entre, que toda su inmensidad no quepa allí. Es enorme. Va y viene con una camisa verde agua que alguien dejo de usar en los ochenta, sus pantalones son más anchos arriba, a la altura de la cadera, que sus propios hombros, es un triángulo invertido fatídicamente. El tipo habla como si no trabajara de eso, es enorme y tan inteligente. Pensándolo, creo que es muy inteligente pero empiezo a sospechar que lo que me impacta   de la inteligencia humana es esa veta de la inteligencia que es lucidez y la originalidad de pensamiento.
Habíamos acordado que yo pasaba por su departamento de villa crespo a las 15 horas. La charla estaba pautada a las 19.30 Hs con lo cual imaginaba un viaje tranquilo por la ruta 29, tomando mate escuchando buena música, un Cd de Bruno Arias que siempre me acompaña, con un sol que apenas si calentaba la chapa negra del auto. Fiel  a mis miedos, 14.30 Hs yo estaba debajo del departamento con una ansiedad que partía mi cerebro en mil partes de arroz. Estacioné el C3 y me puse escuchar a Tenembaum para corroborar con qué sandez se despachaba hoy. Apagué el auto y escucharlo solamente me causó gracia; ¿cómo llegaron Bonelli y   Tenembaum a hacer radio si son dicciones que complejizan la comprensión del habla? Por alguna razón olvidada intenté encender el auto pero fallé; intento otra vez y fracaso nuevamente. Con el pulso cardíaco algo acelerado busco razones para explicar la imperfección mecánica. El auto no arranca pero tiene batería, Tenembaum sigue allí. Son 14.55 Hs. Realizado el correspondiente llamado de asistencia técnica, aparece él, trajinando la avenida Dorrego, es curioso que viva en una calle que llevaba el nombre de un personaje sobre el que ha escrito. ¿Qué pasó Nacho, esto a los radicales no les pasa? Me dice alegre, sonriendo, como si ya estuviéramos en Ayacucho y no tuviéramos tres horas de viaje por delante o que acabamos de abortar si el auto no enciende. <<Che yo tengo una reunión ahora, voy y vengo, ¿me esperas?>> Son las 15.15 Hs y parece que ha olvidado todo lo arreglado. <<Y dale boludo a dónde voy a ir si no me puedo mover>> Según dice, la reunión es muy cerca de allí y que es un toque, lo ha llamado un funcionario de primera linea nacional y es urgente.  Es una consulta. <<Apurate y preguntale si va a ser el vice de Cristina>> digo yo tratando de que mi pavor no se vea en mis ojos. Brienza aparece a las 16.30 Hs y efectivamente yo estoy al borde de tener un ACV, pienso que es un hijo de puta o que nada le calienta o que Ayacucho ha sido movido del planeta tierra como consecuencia del Tsunami en Japón y ahora queda acá no mas, del otro lado  de la General Paz y no en el culo del mundo, estamos en Córdoba al 5000.
<<Se te murió la batería, pibe>> dice el del servicio mecánico que se ha tomado su tiempo para llegar hasta allí. ¿Estará entongado con Brienza, será mecánico o será el tipo con el que se reunió recién disfrazado de mecánico? Hay que tirarla –agrega displicente- como si el auto pudiera funcionar sin ella. Ponele otra -digo yo siguiéndolo, como si todos tuviéran una batería nueva en el baúl de una Fiorino-. El tipo acepta de buena gana, la coloca en cinco minutos, y en seis me cobra 550$  y salimos a los santos pedos para Ayacucho. Son las 17 Hs cuando finalmente podemos subir a la autopista. A las 18.15 Brienza me dice en plena ruta 29 <<Que linda que es La Pampa>>,  media hora más tarde la chomba color durazno que lleva puesta luce manchones verdosos del mate que se ha derramado sobre sí. Detengo el auto y ambos notamos la diferencia de temperatura, estamos en mangas cortas y él descubre que el frio lo va tratar con crueldad al llegar. Vemos que allí mismo hay un monolito en conmemoración de un pibe de 22 años que se mató ahi al ser embestido por un auto, era ciclista y el monolito es un pedazo de pared alta con la parte delantera de la bicicleta incrustada sobre ella, incluida la rueda. Hernán y yo meamos contra un bosquecito de álamos y ambos pensamos: pobre pibe...
A las 20 Hs estamos en Ayacucho, la charla avanza, Hernán sostiene que Dorrego es el primer dirigente politico que inscribe en la historia de las ideas politicas argentina la noción del campo nacional y popular. Todo bien con Dorrego; sale todo mejor de lo pensado, el mérito es muy de él. Luego la cena, su celular sigue sonando, a las 23 Hs me anuncia que está muerto de sueño, tiene ojeras y está muerto de sueño; a las 23.55 Hs suena su celular y él dice <<Tengo una entrevista con Radio Universidad, permiso>> Sale del restaurante y el frio exterior lo recibe con esa crueldad y la vacua soledad de los pueblos nocturnos. Afuera, él habla por teléfono sobre el Perón que volvió en los ´70, afirma que ese era el mas juicioso y lúcido (polémico) Cuando regresa a la mesa seguimos esa conversación que él ha iniciado por teléfono. La noche lo embiste, avanza y nos vamos a dormir porque a la mañana siguiente debe escribir la columna para el diario Tiempo Argentino.
Todo el frio de ayer se ha ido a algún lugar complejo, ese mismo  donde quizás esta la muerte del ciclista; hoy el sol ha salido pleno y se ha llevado lo de ayer. Un asadito nos espera y según nos han dicho Labardén no está precisamente a la vuelta de la esquina.

6 abr 2011

Incidentes en el estadio Juan Domingo Perón


Por Nacho Fittipaldi

El domingo 3 de abril de 1997 el oficial de policía Darío Estesbarato realizaba tareas adicionales en el estadio Juan Domingo Perón donde el Racing Club de Avellaneda hacia las veces de local. Era tarde tranquila pero la cosa se iba a empiojar.
A los 43 minutos del segundo tiempo Racing perdía tres a dos; curiosamente el equipo visitante había arrancado perdiendo ese partido, y al término del primer tiempo se encontraba perdiendo dos a cero. El Mariscal Perfumo decía que el peor resultado para un equipo era ir ganando dos a uno; y tenía razón. Lo peor estaba por venir. Ese domingo la cancha de Racing rebalsaba de gente, nosotros habíamos ido con la barra del barrio un par de horas antes, almorzamos en la pizzería de Antonio, tomamos un par de cervezas y el Canuto se comió un flan con crema que lo tuvo a mal traer toda la jornada. Nosotros éramos pibes y ya nuestros viejos nos llevaban a morfar pizza a lo del Tony y de ahí a la cancha de Racing, desde chicos repetíamos esa rutina, después las entradas se fueron a la mierda y empezamos a ir de manera más esporádica;  ahora marchábamos segundos en el torneo y la visita no estaba realizando un gran torneo pero de sumar los puntos finales que restaban hasta la terminación del mismo, podría clasificar a la Copa Libertadores de América que, por aquel entonces, no llevaba (aún) ningún nombre de empresa privada.
Darío Estesbarato estaba juntado (o como diría el Tony) amontonado  con Silvia Petrufini, ella tenía dos nenas de un matrimonio anterior y en cambio no tenía ninguno con   Estesbarato, quien había quedado estéril luego de un crudo enfrentamiento con la barra de Chacarita. Allí había recibido la patada de un caballo del cuerpo de caballería de la policía bonaerense en el medio de los huevos, mientras las piedras de los de Chaca llovían sobre los azules como hielos sobre melones plantados; inmóviles e indefensos.
Mientras Racing iba ganando la cosa pintaba con el folclore típico de los ganadores, cantitos, bombos, de vez en vez un toqueteo propio de otros equipos con tradición de eso y no como nosotros que tenemos historia de partidos imposibles de perder, perdidos de una manera imprecisa e imperdible. Racing difícilmente da vuelta un partido que va perdiendo tres a cero, en cambio es muy posible que nos den vuelta a nosotros ese mismo resultado parcial; incluso tanteadores más abultados. También es cierto que, esto hay que decirlo, los referís nunca suelen ser favorables con La Acade, como lo son con Boquita o con los Millonarios, en general nos pasan para el cuarto, y cuando no lo hacen los referís (o los líneas)  lo hacen los jugadores nuestros que suelen ser malísimos. Esta vez era el árbitro y los jugadores del otro equipo quienes nos estaban dando un soberano pesto, similar al que le diera La Juve a River en aquella inolvidable final del mundo en Tokio de 1996. Por alguna razón cuando íbamos dos cero arriba, el toqueteo no fue eficaz y las pelotas nuestras que hasta ese momento habían entrado o pegaban en el poste o requerían una atajada infernal del arquero, ahora empezaban a irse más cerca del palito del córner que de los tres postes del arco. Los laterales que hasta ese momento iban y venían dejaban de volver y parecían quedarse conversando con el lateral contrario hasta que este decidía proyectarse y dañarnos, nos empezaron a comer las espaldas y los pequeños crack que nos habían hecho delirar de ilusiones  y quedar sin adjetivos en el primer tiempo pasaban repentinamente a ser los mayores hijos de puta de la historia del club. Y la puteada sin chiflido es como una molleja sin limón, una carencia de la cultura popular, el insulto de la cancha además de agresivo suele ser original y largo; y las puteadas empezaron a derramarse sobre el primer equipo de Racing que ya estaba dos uno; el empate no tardaría en llegar. El Colo que estaba al lado mío y que era un desubicado total, como buen carnicero que era, empezó puteando al cuatro nuestro, siguió con la hermana y más tarde la remato puteando al hijo del defensor sin ningún tipo de clemencia ni misericordia; en un momento de sinceridad con la moral misma de la sociedad y algo de agotamiento le dije, << ¿Che Colo te parece meterte con el hijo del lateral, tiene cuatro años, qué culpa tiene el hijo de que el padre sea un hijo de re mil puta?>>. También es cierto que el Colo tenía en comparación con Chicho un merito enorme; el Colo era un tipo muy coherente y puteaba todo el partido, todos los partidos. Del lado de adentro del campo de juego se encontraba trabajando el oficial Dario Estesbarato, dirigió una mirada sobre el Colo, estaba agotado de escucharlo putear segundo tras segundo, todo el primer tiempo, todo el segundo y decir las guasadas más aberrantes que se podían escuchar; y hay que impresionar a un cana con puteadas eh. Tengo esa imagen guardada en mi cabeza como un recuerdo desagradable, como un gusto amargo queda debajo de la lengua. El vigilante lo mira, se acomoda la gorra, mete un poco la barriga para adentro y dice, <<Che pibe, por qué no cerras el hoyo en vez de ser tan boludo de putear a un jugador de tu propio equipo>>. El Colo se quedó helado, no podíamos creer lo que no s acababa de pasar, nosotros llevábamos años yendo a la cancha y nos habíamos cagado a piedrazos mil veces con la yuta y ellos como siempre nos habían metido palo y algún balazo de goma también nos había pasado cerca. Pero esto era más que todo, era absurdo, básicamente absurdo. Entonces vino el empate de ellos producto de la expulsión de nuestro arquero luego de haberle pegado una patada al delantero que intentaba dejarlo tirado en el suelo como consecuencia de una mortal gambeta. Y ahí la cosa ya tomó otro color. La gente estaba muy nerviosa, las familias empezaron a retirarse faltando veinte minutos para terminar el encuentro, los cachos de ladrillos empezaron a volar y hasta pudimos ver a la familia de Guillermo Andino arrojar una butaca de la platea que cayó al lado del banco de suplente visitante. El referí paro el partido, tomo el balón, se lo llevó debajo de las axila, como hacía el Ñoño cuando le mostraba al Chavo quién era el dueño de la pelota, hizo señas a la parcialidad racinguista como diciendo que si tiraban un solo objeto más al campo de juego, el partido se suspendía. La respuesta fue inmediata. Un grupo de hinchas que venían de afuera de la cancha comenzaron a repartir repollos morados entre los más efusivos asistentes, luego de eso ingresaron un par de cajones de verdulería repletos con zapallos anco y de manera muy armónica toda, absolutamente toda la verdura, fue repartida con la mayor ecuanimidad posible, o al menos la posible en ese momento de efervescencia social, y a parar de manera apresurada al campo de juego que para entonces ya parecía un territorio de festividad extraña. El Colo buscó entre los muchachos de la barra alguna verdura para revolearle al referí que ahora expulsaba a nuestro más reconocido goleador, Máximo Fartata, que contaba en su historial con 9 expulsiones en 123 partidos y el inigualable historial de 7 goles en la misma cantidad de encuentros. Fartata era más efectivo en concretar expulsiones que en marcar tantos. Con el dos a dos el cilindro de Avellaneda era un caldero, el Colo ya no tenía ninguna imaginación para articular ningún insulto y ahora mechaba una puteada para el equipo, otro para el referí y dos para el oficial Darío Estesbarato que a esa altura ya había recibido once mil escupitajos, cuatro zapatillazos de distintos pares de zapatillas que curiosamente eran todos números impares, 43, 41, 45 y una pila Eveready doble AA, en la nuca. Cuando el colorado encontró lo que había ido a buscar volvió con los ojos iluminados y el rostro con la frescura del tres cero inicial; ahora perdíamos tres a dos y la nuca del cana estaba regalada para las intenciones que el Colo se traía que, a propósito puteaba para llamar la atención del oficial de la infantería. Cuando el Colo le gritó,<< ¡Tu mujer está cogiendo con un bombero voluntario, gordo cornudo!>>, los siete kilos de costillar ya estaban en la nuca del oficial Estesbarato que ahora se disponía a colocar la escopeta en dirección a la tribuna y disparar las balas de goma que en la cabeza del Colorado fueron como plomo. De puro culo, el Colorado tenía otro costillar entre los brazos que no había llegado a arrojar, lo uso como escudo vacuno y vivió recaliente con La Bonaerense el resto de su vida.