30 nov 2010

¿Cosas que se van?

Por Nacho Fittipaldi
No dan ganas, quizás no haya motivos, de decir que algunas cosas, algunos logros se han ido o estarían por hacerlo. Sin embargo, el asesinato de Mariano Ferreyra y la represión salvaje a la comunidad Toba-Qom en Formosa podrían inscribirse en un plano de cuestionamiento al kirchnerismo que deberíamos defender, no sin antes reflexionar sobre ellas.
A Ferreyra lo mato un tiro absurdo de una patota sindical, no una fuerza policial estatal; pero si en el asesinato del militante del PO existió una zona liberada, un dejar hacer, por parte de la Policía Federal, ¿por qué Aníbal Fernández saldría a encubrirla?, ¿qué sayo le cabría para llevar adelante tamaño esfuerzo, por salvar qué valor? ¿sigue siendo cierto que este gobierno no reprime la protesta social? Sí, es cierto; pero es una verdad a medias. La otra parte de la verdad indica que la policía reprime y mata (o deja de hacerlo) por propia convicción, de manera autónoma y escindida, sin que necesariamente haya detrás de su accionar una vocación política de hacerlo. Esto no quiere decir que Scioli o Insfrán no estén anudados en algún tipo de sentimiento ideológico, entre ellos, y respecto de las policías de las que son responsables. Pero sí podríamos decir que Cristina Fernández no está tan cerca de uno como de otro en esos planos, como se intenta decir por estos días. En algún punto, también los gobernadores son autónomos del poder central. Lo que haga Insfrán en Formosa, nace y muere en los bordes del Pilcomayo y el Bermejo, lo que haga Scioli nace y muere en lo que queda  contorneado por la gran pampa, la General Paz, el Rio de la Plata y el Rió Negro. Y esta sí es la real cuestión a debatir: ¿Por qué no hay aún criterios claros y estratégicos respecto de qué hacer con las bravas policías argentinas  y las nulas políticas de seguridad pública que llevan adelante (o atrás) los distintos gobiernos provinciales, más allá de la autonomía que a cada uno de ellos les corresponde? Esa ausencia de política pública es una afrenta a otras conquistas que sí se han impulsado con lineamientos claros desde el nivel central; la política de derechos humanos, por ejemplo. Entonces ¿dónde empieza y cómo termina la conveniencia de dejar absoluta libertad de criterio en seguridad pública (en este caso sus agencias policiales) sin que ello interfiera negativamente en otras áreas de gobierno en las cuales sí, el kirchnerismo ha marcado muy bien la cancha?
La demora inexplicable del Gobierno Nacional en algún tipo de pronunciamiento condenatorio respecto de lo sucedido en Formosa, es lo suficientemente ominoso como para evitar algún tipo de crítica. En este sentido la pregunta que cabría hacerse es si la sangre derramada por Mariano Ferreyra, los Tobas-Qom y el policía formoseño, son un punto de inflexión a partir del cual podamos decir en voz alta y clara, nuevamente, que sigue siendo cierto que este gobierno no reprime la protesta social y que cuando así no fuera, este gobierno clamará por justicia, verdad y castigo a los culpables. De lo contrario habrá logros, cosas que se irán yendo. El silencio, no siempre es de los inocentes.

1 nov 2010

Adjetivaciones posibles sobre el Servicio Cívico Voluntario (SCV)

Por Nacho Fittipaldi
En relación al SCV debe decirse que es un proyecto que merece varios adjetivos. Primero podríamos decir que es preocupante por los contenidos ideológicos que articula. Segundo, por la representación que se tiene de algunas instituciones estatales y que allí se desnudan con total impunidad, es retrogrado. Gravoso en  tercer orden, en tanto cuenta con media sanción de la Cámara de Senadores de la Nación. 
También podemos decir que es un proyecto que niega a la educación como  derecho garantizado en la constitución, olvida que en el caso de la educación secundaria es de carácter obligatoria. Luego, es deber del Estado generar las condiciones necesarias para asegurar ese derecho y cumplir con esa carga ciudadana. En tal sentido debe decirse que en provincia de Bs.As. el impacto de la Asignación Universal por Hijo ha implicado una incorporación masiva de chicos que estaban fuera del sistema educativo; el incremento en la matricula escolar ha sido de 300 mil alumnos. Habrá quien diga que la estructura actual no da abasto con esa matricula hipertrofiada, pero también debemos señalar que es un problema que el Estado Nacional ha escogido tener, a fin de incluir a todos los pibes en las escuelas con su calendario de vacunación al día. Quienes aún no estén en la escuela deben estar en la escuela y no en una unidad militar aprendiendo oficios. Esa instancia es una instancia absolutamente estigmatizante y discriminadora, ya que  cercena  el derecho de ir a la escuela y consolida el proceso de estratificación de ciudadanías. Es como si se les dijera a quienes son víctimas de la exclusión social: “vos que no vas a la escuela y que nunca vas a poder estudiar, vení que te enseñamos a hacer bulones y mientras tanto el Ejército te disciplina un poco para que no termines en la canaleta de la droga y la delincuencia.” Es un horror político que confunde institucionalización de las desigualdades, con reconocimiento de las diferencias.
Finalmente el SCV reproduce y anuncia el proyecto político que se presentará como alternativa en las elecciones presidenciales de 2011. Allí entrarán en disputa dos proyectos. Uno de ellos -el Kirchnerismo, ahora sin Néstor- representa un proyecto nacional con capacidad y ambición de inclusión social, distribución de la riqueza con equidad y justicia social. El otro -el cobismo alfonsinista y el peronismo disidente-federal- macrista-, un proyecto político para pocos, que como esta propuesta alecciona, garantiza y promete asimetrías sociales y simbólicas; un proyecto político que piensa resolver la problemática de las diferencias con mecanismos de guetizacion. Pero a no equivocarse en las lecturas, enviar a los excluidos del sistema a los cuarteles militares, no parecería ser simplemente un pésimo proyecto de inclusión.
Es bueno que estén desnudos tan pronto.

30 oct 2010

Sentires sobre la muerte de Néstor Kirchner

Mi tumba no anden buscando porque no la encontraran/
Mis manos son las que van en otras manos buscando/
Mi voz la que esta gritando/
Mi sueño el que sigue entero y sepan que solo muero,
si ustedes van aflojando,  porque el que murió peleando
 vive en cada compañero.
Carlos María Gutiérrez 
Es la primera vez en mi vida que voy tres días seguidos a Bs.As.
Hubiera deseado no tenerlo que hacer ahora, a mis 32 años. Reconozco y me reprocho en voz baja, no haber estado allá el 19, 20 y 21 de diciembre de 2001, al tiempo que haber estado en la cacería que De la Rúa dispuso, es un destino que prefiero haber evitado.
Ahora, con el agua bajando, leo noticias todo el tiempo, miro televisión compulsivamente, reviso facebook, busco videos en you tube, miro todo, lloro todo, tratando de poner palabras a tanto dolor.
Al llegar a la plaza, comencé a sentir ese frío que la tristeza trasunta, a la vez que se podía registrar un clima raro. Muchas banderas, mucha tristeza, muchas familias, niños con sus madres, madres con sus niños en la panza. “Esto es raro” –pensé-, acá hay una mezcla de identidades de lo más variada y varias conquistas ganadas a la historia; un miedo que no está, esa confianza de ir a la plaza de una, sin pensarlo, implica haber perdido el miedo a salir, que aparezca la poli y sin decir “agua va”, te re-caguen a palos. Ese miedo a que te afanen los negros que el PJ siempre lleva a la plaza, y estaba lleno de negros. Ese miedo de compartir con otros diferentes a vos, un espacio y una idea. Todo eso se había esfumado. Estábamos ahí por la muerte de Néstor, disfrutando una conquista suya: habitar la calle con el pueblo. Recuperamos la palabra pueblo también,  y el pueblo ha vuelto a manifestarse en su lugar, masivamente. Esa palabrita que en los ´90 se nos metió por todos lados, opinión pública, y que remplazó mal, una idea que implicaba la posibilidad de un destino común: el pueblo. Y el pueblo en la plaza es de una poética y potencia inusitada.  Esa era una paradoja, él estaba muerto y nosotros cantábamos, él muriendo y nosotros haciendo reivindicaciones políticas, él muerto y uno como un pelotudo esperando al censista. Qué muerta inoportuna, muerte tan injusta, dentro de la injusticia de morir, esta es la más injusta de las muertes. ¿Por qué no se murió Ricardo Fort? ¿Por qué no se cayó otro Boing de LAPA?
Familiares de los gusanos que ahora muerto, le rinden loas, en vida le desearon la muerte, esta es una muerte tan deseada por ellos, ahí lo tienen, hijos de puta. Está muerto. Y tan caro les va a salir. Ahora le dedican reconocimientos, lo reivindican. Facinerosos. No alcanzarán ni el infierno, ni a mitigar la voz de ese pueblo que en la calle puso algunas cosas en su lugar. Dijimos en estos días, presente; ojo, que estamos nosotros, los movilizados por la política, los jubilados sin dientes, los trabajadores (uno en especial que flameaba la bandera Argentina desde un andamio en el Correo Central, a 40 metros de altura, sobre el cortejo del fallecido, me conmovió) están los pendejos de 18 años, las ama de casa, los adultos de mi edad, todos entienden de qué va la cosa para defender lo conquistado a como dé lugar, no ya la institucionalidad ni la gobernabilidad –mero eufemismo de golpe de Estado- sino para bancar y marcar agenda, fuimos a la plaza a decirle a esa mujer que cuando le tiré un beso me miró a los ojos tras sus gafas negras, sí, Cristina me miró a los ojos, nos sostuvo la mirada a Pao, a Ampi a Nacho y a mí, y yo bajé la mía porque a una mujer así, de esa enormidad, de duelo, no se le puede sostener la mirada, entonces me quebré en llanto, sin olvidar a qué habíamos ido, fuimos a decir: fuerza. Hay una agenda publica por cumplir, que el destino del pueblo va en un sentido y no hay margen para retroceder. No queremos dar pasos atras. Dijimos entonces acá estamos, apoyando este proceso que nos devolvió las ilusiones de hacer un país distinto, saludando al tipo que me interpelo y que tuve que esforzarme en comprender, tuve que poner mi marco teórico facultativo (del orto) aparte para poder comprender y ser parte, dejar de entender "la política" y "el Estado" como me habían enseñado los profesores que nunca se metieron en nada, también hasta que llegó Néstor. Estamos para hacer lo que haya que hacer, a decir que se nos murió el jefe político y que estamos para besar de rodillas, tu anillo Cristina, como en El Padrino, todos a tus pies, la jefa sos vos. Hay que seguir sin él, que no aflojamos, que “la inocencia no mata a un pueblo pero tampoco lo salva”, que no nos vencen aún, ni nos vencerán, que cada bandera levantada en la plaza son cientos de argentinos que salieron de un mal lugar, y que quedan muchas banderas por levantar, que “Néstor no se murió/Néstor no se murió/ Néstor vive en los pibes que están cobrando la asignación.” Que tengo los ojos cargados de lágrimas, el estómago estrujado y muchas ganas de abrazarlos. Esto les quería decir, a todos ustedes que me metieron en esto.
Después comenzó a llover y todo fue más triste...

5 oct 2010

Retazos de vida

Por Nacho Fittipaldi
Hoy me levanté tarde porque mis amigos se fueron de casa a las tres de la mañana. El asado estaba muy sabroso, mucho vino, mucha cerveza, algún porro. Medio beodos, todos se fueron (todos) a la misma hora. Al día siguiente, cuando sonó, apagué el despertador; pensé en ir a trabajar tarde, mas tarde que lo habitual. Desistí de ir a nadar. Recordé que tenía que traer una mesita de la casa de mi vieja porque hoy festejamos el cumple de Tomás y no hay donde apoyar las papas fritas. Tomy cumple once años pero no tenemos mesita, a veces pienso que con mi mujer nos falta eso, una mesa. Me levanté tipo diez de la mañana, busqué las cosas de natación, y me fui a nadar. Nadé 3000 metros, quedé hecho mierda, con la conciencia de saber dónde estaba cada uno de los músculos de mi espalda, pero feliz. Después me fui a comer a lo de Juan, recordé que habíamos quedado en llamarnos, te llamé, una voz de hombre me atendió en vez de la tuya. Corté, pensé que eras una pelotuda, lo confirmé.
A la tarde había una reunión en el trabajo, yo tenía que estar, tenía que ir. A las seis de la tarde tenía turno con mi odontólogo, yo no tenía ganas de nada. Llegue a mi casa, bajé la mesita para Tomás, esas cosas que uno hace por sus hijos, eran las cinco menos cuarto. Me hice un mate, vi que era tarde para todo, el cielo se anunciaba gris, lluvioso, me dolía todo el cuerpo de nadar y decidí acostarme a dormir. Dormí un rato largo, muy largo, y fue como morir un poco, dormí catorce horas sin parar, se largó a llover y me puse a leer, llegó mi mujer, después lloré y charlamos un rato largo en la cama, abrazados. Desde que lo tuyo y lo mío sucedió, me doy cuenta, más que antes, cuánto la quiero; sí a ella. Desde que vos te fuiste todo es mejor.
Cuando leí tu carta y supe que te habías quitado la vida, de una manera distinta al suicidio, todo me pareció un horror indescifrable...tu vida y la mía anudadas para siempre por un dolor irrefrenable.

13 sept 2010

Lluvia de Juan Gelman


hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor/
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la
mujer/
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/ pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al alma/
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar/
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá/
como el silencio que hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia/
a la lluvia/
a mi corazón desterrado/

6 sept 2010

Fuego de las Imágenes de Rodolfo Fogwill


El poco peso, el paso de la vida, su identidad perdiéndose en el tiempo volviéndose memoria y disolviendo tu "hoy" en su ayer, tu "ya" en visión perdida. La libertad, apenas sostenida por la escena que traman unos sueños de libertad: sin peso, en piso incierto se funda la obra para pasar la vida que en ella pasa. ¿O pasa por ser ella y por ser paso no es sino su huella en la memoria...? Si ya hoy lo que yo era no es lo que soy: ¿El hoy no es una espera de alguien hacia quien voy sin saber cuándo me alcanzará y soy yo y me está llevando…?

3 sept 2010

Fragmento de la Retirada de Agarrate Catalina 2010

Letra: Yamandú y Tabaré Cardozo


(…) Un ángel agoniza en la cantina, alguien pasa su vida perdiendo el tren, hay un rio de zapatos y corbatas, un escape de automóviles huyendo, hay caníbales rompiendo la piñata, hijas de un montón madres del malón, tumba de los perros de la calle que salieron a matar…por la ciudad.

Hay un niño asesino perdido en la puerta de un subte, yace un tigre maldito, escapado del circo de un juez, se ha dormido una noche de fiebre de abril o de octubre, en la línea fantasma que une Moscú con Belén, una niña de mula le reza a la Virgen de Nadie, el poeta olvidó para siempre cual es su ciudad, y en la esquina que venden al kilo la merca y la carne, regalan el afiche que libra del juicio final y todas las ciudades son la Roma de Nerón y siempre esta Berlín partida al medio y las revoluciones rompen en el malecón y todos los Quijotes se cayeron. Y todas las murallas se construyen otra vez y todas las muchachas son Julieta, y en todo el paraíso no hay lugar donde vivir y siempre está girando la ruleta. Hoy, desperté en una ciudad, desconocida, furiosa y triste, queda de paso hacia un lugar, que ya no existe.

Con todo lo que tengo, me aferro a lo que sea, al ruido de una feria, la ropa en la azotea, la puerta de una iglesia, la esquina parecida, la luz de las estrellas, distantes y distintas, buscando el lado amable del mapa mas ajeno, la plaza impronunciable, el árbol extranjero, me trepo hasta su copa, el hombre en otro idioma, creyendo en tus jardines y tu jardín asoma.

Siempre que escapo a mi ciudad, me está esperando, solo me pide que al volver, vuelva cantando, si mi destino fue nacer, en tus esquinas, a cada esquina ha de volver, cantando ha de volver, ¿Quién?, La Catalina. (Estribillo) Para volver, a cada cuadra de mi barrio y a tu puerta, para volver, a tu rincón y mi rincón en el planeta, porque me diste la vida, soy de tu vida un retazo, tierra de todos mis días quiero morir en tus brazos…mi ciudad

http://www.youtube.com/watch?v=lW2K-529qS4

22 ago 2010

Los días que Sabina no

Genero: cuento fantástico


Sabina había sido en los años de la infancia una niña encantadora. Ese día de la adolescencia, o adultez, atenazó los dedos sujetando el libro que por esas horas le encantaba la vida.
De pequeña, en las reuniones familiares, cada miembro de la familia le dedicaba la mayor parte del tiempo a realizarle monerías, a juguetear con ella o a sostener una conversación acerca de cómo las abejas extraen el polen de las plantas. Sin embargo no era su belleza cautivante la que los concentraba, por cierto era más simpática que bella. Sin duda su personalidad fue la que se reveló como la verdadera luz que encandilaba a propios y ajenos.
A los ocho años de edad ingresó al club del barrio, de inmediato, encontró tanta disposición a las amistades que pronto sus cumpleaños fueron pequeños actos escolares. Allí tenían lugar los juegos de los niños, siempre tan varoniles y monótonos, siempre algo más atontados que las niñas; sin embargo cuando conversaban acerca de ellas, dejando al descubierto sus incipientes deseos inconcientes, traían en su relato a la pequeña Sabina. Y llegaba en carroza o en alfombras de cuentos pero siempre nombrándola con adjetivos tan calificativos que hubieran hecho vanidosa a cualquier otra mujer. Pero a ella no. Iba y venía de su vida de cuento sin egocentrismos ni grandilocuencias infantiles.
Cuando la pequeña llegaba a los convites familiares los parientes más adultos la recibían a los gritos:
- ¡¡Sabina!! ¿Cómo estas pequeño ángel? -decía una tía cualquiera, inmerecido destino de afecto alguno.
- ¡¡Sabina!! Estaba por morir sino venías pronto –medio en broma y sonriendo le decía su abuelo paterno con voz de ogro sin malas intenciones. Cuando llegaba triste o disconforme con la ropa que su madre le imponía vestir, ello se traducía en un rostro poco agraciado y regordon. Su tío que se jactaba frente a sus pares de tener la poción mágica para revertir aquél rostro apesadumbrado en un milagro de sonrisas, le preguntaba al oído en un tono tan suave como contenedor:
- ¿Sabi, bonita, qué pasa? En lo inmediato, ella reconocía la inminencia del momento en que su tío pronunciara las palabras que la devolverían a la alegría cotidiana, al derroche de vida que aquella pequeña encerraba para los suyos. El tío, conocedor de ese pacto implícito, nunca dicho, le dedicaba la frase acostumbrada:
- Muéstrame una sonrisa...una ayudita para mi desdichada vida.
La pequeña entonces jugueteaba, negaba su rostro, se escondía entre sus ropas, esa que no hubiera escogido, se arrullaba en las solapas mientras el resto de la familia entregaba sus ojos y emociones a aquél pequeño número teatral que desde hacía algunos años ganaba en ternura y en emotividad aunque fuera año a año siempre la misma escena con un mismo guión.
Al sonreír de la niña su tío echaba el cuerpo atrás, extendía sus brazos hacia los costados, luego los cerraba hacia adelante, como abrazando el agua y le decía señalándole la esfera incandescente con su dedo o ala:
- ¿Ves ahí? Ahí esta el sol.
Ella, con la debilidad conocida, dedicaba una sonrisa única y un abrazo singular solo a él encomendados. En ese instante volvía a ser la niña que todos deseaban ver, la hija que todos quisieran y soñaron tener, la pequeña Sabina amada por todos.

Al inicio de la escuela secundaria y cuando Sabina ya era una incipiente mujer, su inteligencia cobró cuerpo y notoriedad. Su inteligencia no era de esas que remiten al estudio cotidiano de las clases semanales, a la repetición del dato entregado, a la pregunta boba que propone el profesor y que insulta -porque subestima- a los estudiantes. Su inteligencia era especial porque lograba extender el pensamiento, la reflexión, las conclusiones sobre lo que se estaba estudiando más allá de lo meramente dicho. Tenía un nivel superior al común de sus compañeros, era profunda y lograba avanzar en lo abstracto como no lo hacia nadie de su misma edad. Esa virtud hacía que el don fuera administrado con juicio y lucidez; no se excedía en hacerlos públicos para evitar el incordio, pero ello no significaba que su mente no estuviera procesando y ordenando el pensamiento en el lugar adecuado.
Su adaptación en la universidad fue algo más compleja. El divorcio de sus padres la afectó en lo emocional, no por la decisión en sí que entendía como sensata, sino porque padre y madre la utilizaban como objeto de disputa y orgullo e instrumento para conquistar a sus posibles futuras parejas. Su padre conocía una mujer y de manera irremediable, al poco tiempo de ello, le proponía realizar una cena para presentarlas y así conocer a su novia de turno. Durante el transcurso de la noche él hablaba ostentando las dotes que su hija se encargaba de ocultar; lo estético se imponía por evidente, el rendimiento deportivo, el universitario y sus cualidades para la escritura se expresaban en la verborragia paterna. El final de los encuentros era invariable, Sabina se retiraba de la mesa bastante antes del postre, la reciente y póstuma novia, despidiendo definitivamente al novio con una frase corta y contundente: “Quedate con tu hija”
Ese tiempo fue poco amable y sin mayores disfrutes para la muchacha que vivía en la cómoda casa que fuera, años atrás, cálido hogar familiar. La incertidumbre de saber si la carrera escogida era la correcta angustió a la joven durante varios meses.
La llegada del primer noviazgo funcionó como un ordenador de su ritmo vital. Marcó el fin de esas incertezas y despertaron en Sabina todas sus hormonas dormidas hasta entonces. A la vez que ello ocurría los enfermizos celos de su padre, que encontraba en aquella única hija, todas las ilusiones y felicidades posibles y truncas, crecían también. La relación con Marcos la hizo madurar, ello mejoró visiblemente su performance académica que al poco tiempo dejó de ser un obstáculo o pasó a ser un desafío menor.
La muchacha se proponía una meta, trazaba una estrategia, la ejecutaba y alcanzaba sus objetivos con la facilidad que un niño toma el pecho de su madre. Cuando fue consciente de ello, Sabina comenzó a encontrar placer en situaciones en las que sus compañeros sufrían pavor. La muchacha tenía por costumbre leer los textos antes de cada clase teórica, disfrutaba la lectura pacifica sin el rigor de tener que leer y rendir al otro día. Los días previos a los exámenes parciales la muchacha reunía todos los textos correspondientes, los releía en soledad y más tarde con su grupo de amigas. Sin embargo y contra todo pronóstico o consejo posible, la noche previa al examen la reservaba para salir con sus amigas de la escuela secundaria. Infructuosamente sus padres intentaban hacerla desistir de semejante reto, creían que lo hacía para demostrar lo cómoda que se sentía y lo tranquila que estaba con la facultad y con ella misma. Desconocían que en las noches previas a los exámenes finales, Sabina acostumbraba a encerrarse con Marcos en un cuarto para deshacerlo en la cama. Sabina prefería su propia casa porque allí administraba con soltura los ruidos típicos de la casa que podrían anunciar la llegada o la aparición inoportuna de su madre. Ese era el espacio en donde se iniciaban los juegos que terminaban en largas horas de placeres nocturnos, aunque en varias oportunidades la despertante mujer no resistiera las embestidas de su novio que la acariciaba y lamía en las partes que Sabina más desconocía y que ahora la enloquecían desenfrenadamente. Entonces era el sillón quien los cobijaba hasta el día siguiente. Con la yema de sus dedos y con la punta de su lengua Marcos hizo del físico de Sabina el cuerpo de Sabina. Ese desconocido territorio cavernal por el que nunca se había animado a hurgar sola, se le presentaba ahora como un sitio del que solo deseaba la constancia y la persistencia del tiempo orgásmico.
Al día siguiente en los pasillos de la facultad sus amigas que conocían el rito, ejercían sobre ella y en presencia de sus compañeros, la presión de las preguntas acerca de su devenir nocturno. La respuesta se enunciaba siempre en código, aunque la hubieran comprendido con tan solo mirar el brillo de sus ojos. Los muchachos en cambio permanecían, como la mayoría de las veces, fuera de lo que ellas se decían en un lenguaje tan propio como el vínculo que existía entre Sabina y su tío o entre un tallo y su flor.
Desde la llegada del muchacho a su vida, la época universitaria pasó a ser un espacio temporal en donde Sabina se sentía a gusto con sus amistades, autosuficiente en el estudio, conforme con su cuerpo y deseada por otros hombres.


A Sabina la observaban esperando el instante en que diera la buena noticia, juzgaban en su rostro que algo bueno había sucedido o estaría por suceder. Pero nada sucedía, solo que, oliendo en lo constante un ciruelo florecido, vivía con la expresividad de lo desprejuiciado, era como si la pequeña supiera desde siempre algo vedado al resto de los mortales. Los otros identificaban esa falta, esa diferencia que en sus vidas tomaba registro en síntoma de angustia; angustia de no percibir lo trascendente, como si algo fuera a faltar siempre en la continuidad de su ausencia.
En Sabina no había esfuerzos ni rastros. Quién podría negarse a obtener la clave que permitiera vivir con la soltura con que Sabina lo hacía; la muchacha sabía algo desde siempre, tal vez en la placenta había adquirido eso que habilitaba tal soltura, un secreto existente, cósmico tal vez, que otros no llegaban ni a imaginar en sus sueños mas logrados.

* * *

El jueves 16 de septiembre Sabina cumplía 22 años. Ese día por la tarde tenía final de Sociología Política y como todos los jueves a las nueve de la mañana, tenía sesión con su psicoanalista. El terapeuta la había consultado acerca de qué haría el miércoles por la noche, si asistiría o no a la sesión de del jueves, en conocimiento de las prácticas previas a los exámenes y en vista de que ahora coincidía con el día de sesión. Sabina respondió que no había motivos para modificar ninguna de las actividades que eran comunes a su rutina. Le explicó que la noche del miércoles estaba reservada a Marcos, el jueves por la mañana iría a la sesión como todos los jueves desde los últimos seis años y luego iría a nadar. Más tarde almorzaría con sus amigas en el restorancito de la facultad, a las dos de la tarde se presentaría a rendir el examen y por la noche se reuniría con sus amigos en la casa de su madre para comer unas pizzas que Marcos amasaría con sus propias manos, siguiendo los pasos de una receta oriunda del sur italiano.
Todo estaba en su lugar y era lógico que así fuera, la naturalidad con que Sabina abordaba ciertas situaciones, disminuía la trascendencia que otros les asignaban.
La muchacha del secundario, ya mariposa, era por éstos días una mujer hermosa. En pocos meses obtendría su título universitario, se iría a vivir sola o con su novio, ello dependía en parte de si se decidía a viajar al exterior; lo que más le agradaba de esa idea era tomar la experiencia de vivir lejos de sus padres, distanciarse de lo que la agobiaba, iniciarse en otra cultura y olvidar las valoraciones que otros hacían acerca de ella. Sin embargo y pese a la madurez evidente, su esencia continuaba remitiendo al tiempo de la pequeñez, quizás por la sonrisa latente que caía desgajadamente desde el labio inferior de su boca, quizás porque después de ella se dejaban ver sus dientes blancos, grandes como ajos, quizás porque su rostro -aniñado presagio- encontraba en los ojos la expresividad propia de quien ha vivido dándole a las cosas su real dimensión. Allí residía el secreto de su vida o eso parecía. Sabina siempre supo que moriría el día de su cumpleaños. No sabía cuantos años cumpliría en ese fatídico o salvador momento, esa era una decisión que debía tomar bajo su absoluta responsabilidad, pero conocía el día.
El jueves fue al psicoanalista, el miércoles había cenado a solas con su tío y él le había regalado un libro de su propia biblioteca, escogió entre sus libros favoritos, tomó “Luz de Agosto” de William Faulkner y se lo obsequió. Mas tarde se había dedicado a los oportunos placeres sexuales con Marcos. La sesión duró un tiempo muy breve -su terapeuta a menudo llegaba a sesiones de tan solo cinco minutos de duración-. Nunca logró desentrañar la lógica intrínseca de aquella técnica pero la aceptaba, luego salió del consultorio algo perturbada y se dirigió a un bar cercano, escogió una mesa contigua a la ventana, pidió un jugo de naranjas exprimidas, un café con leche y una medialuna salada. Desde la mesa miraba los autos pasar, disfrutaba observando el ritmo autónomo del caminar de las personas, reparó en que sus observados transitaban agitados, con rostros adustos, desencajados. Se preguntó si el lugar al que arribarían valdría el esfuerzo. Al instante se sintió reconfortada por no haber suspendido su clase de natación, creyó haber olvidado las antiparras en su casa, buscó en su bolso, metió la mano entre sus pertenencias, un persistente olor a cloro salió de uno de los compartimientos internos, sacó la billetera, un peine, un protector diario –todo lo ponía sobre la mesa- una Tita y al fin las antiparras. Sintió placer al imaginarse nadando, la cabeza sumergida, la leve y resistente fricción del agua tibia con el cuerpo, los brazos sincronizados llevando el cuerpo hacia adelante, pensó en el cansancio de los músculos, en el oxigeno revitalizante, en las frutas que vendrían y el rejuvenecimiento del cuerpo.
En el bolso y entre sus cosas, halló el libro que le habían regalado la noche anterior, lo tomó y lo abrió con la sorpresa de quien redescubre un obsequio del que se ha extraviado, en los recovecos de la memoria, su existencia. En la dedicatoria leyó una serie de cariños, algunas recomendaciones y culminaba así:

Quiero que sepas que siempre intenté protegerte. Sabé que para mí también estos últimos años han sido de profundo y meditado dolor. La última llovizna no ha llegado ni a humedecer la primera capa de desamor que cubre mi cuerpo.

Cerró el libro en la página treinta y siete. Puso el señalador en la hoja anterior, lo guardó en el bolso, pagó la cuenta y salió.
Mientras iba camino a la pileta recordaba las razones por las cuales amaba esa ciudad. Miró un árbol -era un Tilo- reparó en sus hojas y su copa, detuvo su mente, sintió el impacto en las piernas y en la cadera, la columna y su cabeza se convirtieron en piezas de un molde que no se correspondía con el suyo. Cayó al suelo, golpeó contra él, sus ojos fijaron la vista sobre una figura circular, hasta su nariz llegó el olor punzante de la goma quemada, los vidrios astillados se escurrieron entre los lacios cabellos. A través de un registro que no podría afirmar si era real, vio un par de presurosos zapatos que se acercaban entre sollozos hacia ella. Entonces pudo ver la ciudad desde un plano horizontal como nunca antes y escuchó:
- ¿Estas bien? ¡¡Llamen a una ambulancia!! Perdóname no te vi, te me apareciste de la nada.
El conductor buscó el pulso en la yugular de la muchacha, lo encontró y lo extravió, lo encontró y lo extravió, lo extravió. Sabina sintió que la mano del hombre la tomaba por la espalda, la prenda rota permitió que los dedos recorrieran aquello que fuera su columna, se detuvieron en el broche del corpiño e intentó reincorporarla. El muchacho sentía que el cuerpo había perdido gravedad a la vez que Sabina dejaba de sentir la presión del sostén sobre sus pechos, ya no sintió la mano sobre su piel y desde la copa del árbol creyó percibir una leve succión. Las piernas flotaron como en la pileta, el muchacho se quebró en un llanto al ver el rostro de la pequeña palidecer y su cuerpo esfumarse. En el último hálito de oxígeno Sabina se apiadó:
- Está bien así, no te angusties, no fue un accidente, te elegí a vos. Alcanzó a decirle Sabina mientras aleteaba y extendía una de las alas en dirección hacia donde ahora se dirigía, elevándose entre la fronda del árbol, como flotando en un inmenso camalotal:

- Allá ¿Ves allá? -pareció silbarle- Ahí, ahí está el sol.
Y se fue como un ave que gana por primera vez el cielo abierto.




Octubre de 2007

¿Dónde llorar?

Por Nacho Fittipaldi

Dónde llorar si la casa es tuya también y estas por todos lados, si vivimos juntos aún. A penas te vas viene el alivio de la mañana, saber que estaré solo al menos unas pocas horas me distiende, me alivia. Pero ello reniega al sufrimiento, lo centrifuga hacia la ventana, me evado. No sirve. Entonces preparo el mate, pongo la pava a fuego lento mientras busco el yerbero, lo encuentro, sujeto la calabaza de manera inclinada y vierto la yerba en su interior. El metal suena, sin estridencias pero reclama e indica que el agua esta en el vértice del hervor. El líquido levanta la verde hierba y le impone una espuma y un olor. Ese espacio, ese tiempo destemporalizado implica ocio, la mente viaja errabunda por quién sabe qué lugar, me sujeto a cables y voy, de vez en vez, mejorando mi ánimo de manera inercial. Después llegas vos y todo te lo llevas. Dónde llorarte. Por Dios, dónde. El llanto contenido es como el agua de los días sucesivamente llovidos, inundados, el peso de las lágrimas se ubica todo entero, en el pecho. Pesa el cuerpo, los pulmones se asfixian de llanto contenido, me sofoca la vida y muere.
En el baño, el baño podría ser un buen lugar. Abriría la canilla de la ducha, dejaría correr el agua, despreocupado de su posible escasez en los próximos años. El golpeteo contra la bañera velaría mi desgracia contenida y ayudaría a soltar la tristeza encubada. Sentado en el inodoro me fregaría las manos sobre los ojos, secaría mis lágrimas incomunicables, pasaría un tiempo allí, distendería angustias y de allí a la farsa cotidiana, otra vez. En el reino de la farsa el tuerto es Rey y quien ve con ambos ojos aquí, soy yo. Quiero decir, en ese transcurrir de la rutina hay un hábito de la dejadez, del desamor, es cierto sí, pero también existen rutinas de la estabilidad dentro de la misma farsa, o fachada, no todo es impostura. Hay mucho de cosa restablecida, de cimiento bien forjado, algo acabado que hemos logrado juntos, ahora que lo pienso. Y así se pasan los días.
Los arrebatos de felicidad son escasos y serán menos, así la angustia crecerá y ese sentimiento que es tristeza sin origen ni rumbo, se impondrá como un gas toxico estacionado en la habitación cerrada. Pero el baño no. No porque podes entrar en cualquier momento y me verías, tendría que dar explicaciones o hablar sobre cuestiones que no están maduras. Hubiera sido torpe llorar en el baño o en cualquier otro lugar en donde pudieras verme.
Podría llorar con amigos -aunque la lista se acotó ¿quiénes son mis amigos?-. Los citaría, nos juntaríamos un día que vos no estés, podría preparar una comida, abrir unos vinos que tengo guardados y contarles lo que me sucede. Les diría que las cosas no han funcionado, que no estoy seguro pero me parece que las cosas así como están, no van más. Ni vos ni yo nos merecemos ni siquiera unos meses de lo que venímos pasando, y allí me quebraría. Las lágrimas contenidas de tanto no decir, serían ráfagas descollantes de una blancura telar sin símbolo ni escritura. Pero no, ni el pensamiento ni la razón logran ordenar lo que la imaginación niega, qué voy a contarles si ni siquiera sé por donde empezar, si frente a lo dicho, no hubiera podido argumentar en contra de los consejos que me indicaran la separación inmediata.
Llorar. Eso quisiera y parar de hacerlo solo una vez que comenzara, al menos sabría el motivo del agua. Cierta vez afirmé que las lágrimas eran la consecuencia del desborde emocional. Cuando las palabras y su articulación lingüística, ahí donde el grito mas desaforado, cuando los gestos, cuando las expresiones faciales ya no alcanzan como respuesta a un estímulo determinado, de alegría o tristeza, qué más da, entonces lo que sucede es el fenómeno de la lágrima, una expresión acuosa que de investigarla en su seno mas íntimo arrojaría de seguro una suerte de licencia anímica, rastreable, clara y finita en el surco de la cara. Mi angustia era tanta que ni eso lograba expulsar, perder, partir.
Seco, actuante, recio y sonso me encontré en nuestra propia casa en donde desde hacia bastante tiempo nada ocurría. Carente de discusiones, de peleas, de cachetazos, de mimos, de palabras, ausente de casi todo lo que constituye a una pareja, sequeando desbordes. Hasta que un día, cuando todo esto se me apresuró y se alineó sobre un cause tan recto como pistas de aterrizaje, el agua apareció. Claro, lo que tiene el llanto es que no deja hablar. Cuando el llanto arrecia, la palabra se entrecorta, las ideas se nublan, aflora el moco, la temperatura del cuerpo se eleva, acude la transpiración desdibujando lo poco que un rostro bello posee y el vendaval sofoca. Lloré como un desgraciado, como un ternerito destetado frente a la computadora cuando por primera vez escribí con claridad lo que nos ocurría. Escribí un correo para San, Ladis y los dos Pablo:

"Amigos, sépanme sin plan. Estoy triste y angustiado, la relación con Marie esta muy mal, "estanca", tenemos muchísimos roces, su personalidad me disgusta, siento que ella no me interesa y eso me hace sentir pésimo. La convivencia ha exaltado lo peor de ambos, la adoro, eso sí, pero busco aún infructuosamente la clave para leer la sombra actual de lo que fuimos. Por momentos la separación me parece inexorable y cuando me imagino recogiendo mis cosas y yéndome, sus lágrimas en la cara en verdad son las mías tristes, hipotetizando sobre lo que tan solo puedo verbalizar en la terapia. Y como dice Cortazar "además hace tiempo y frío."
La charla que provoqué en el cumple de San, ya venía de esto, en ese momento no era tan agobiante como hoy, miércoles. Esta noche hablaremos como para poner blanco sobre negro y ver cómo seguimos.
Tengo la contradicción de querer estar a tiempo de salvar la relación y la sensación de que no hay retorno.
Les pido mucha reserva, Uds. son algunos pocos -no llegan a cinco- en quien confiar tamaña tristeza.
Un abrazo, yo."

Como un objeto desprendido de mí que en su materialización se aleja, dimensioné el cuerpo de lo que iba cuesta abajo. Pude escribir que no te amaba, que no estaba enamorado de la mujer con quien me había ido a vivir, escribí que tu vida no me interesaba, que mi cuerpo estaba enajenado de deseo hacia a vos.
El impacto que me causó leer lo que yo mismo había escrito, no venía tanto de la crudeza de las palabras sino de la corroboración fáctica de aquello que había logrado plasmar en escritura con la sensación aliviante de un vómito pos-borrachera. De hasta dónde había dejado reptar mi vida que, durante un tiempo estaría fuera de control. Leerme fue más crudo que asumir el efecto de verse frente a un espejo cuando el cuerpo que retrata no es el que se quisiera ver. Las palabras, las ideas, los sentimientos y lo negado se habían desprendido, se habían liberado de todas mis ataduras subjetivadas y ahora, como un animal en cautiverio que es devuelto a su medio natural, me encontraba frente a lo que debía asumir como lo más mío. Y así, tibio, puse mi primera pisada fuera de mi reserva, entre pajonales inciertos encontré los iniciales enemigos que no conocía, hallé consecuencias de la propia personalidad desconocida y de a poco, cayendo en la cuenta de que esto sería crudo y cruel, me persuadí que de manera inaugural me enfrentaba a mi propio yo.
Pero dónde llorarte. Dónde podría estar, dejar transcurrir un tiempo, mínimo, no pensaba en un mes ni en una semana, un tiempito no más, horas, sin que el pensamiento me secuestre y la reflexión sea sinónimo de angustia, de planteamientos existenciales que nos llevan a lo mas profundo, liviano y absurdo del sujeto. Si todo sos vos y en cada espacio estamos ahí con nuestra derrota ¿parcial? Puedo librarme de vos. ¿Quiero?
Sin embargo ahora que lo pienso hay una opción, tan solo una: la pileta. Llegar hasta allí sería para mí como acercarme al Limbo espiritual. Tomar mis hojotas, mi slip de natación, las antiparras, buscar entre los objetos de higiene de nuestro baño el shampoo y la crema de enjuague -porque a pesar de lo que me digan en relación a mi pelo, yo uso crema de enjuague- la botellita de agua, la toalla y todo lo que necesito para nadar como todo lo necesario para la ducha posterior, para quitar del cuerpo el insistente olor a cloro que la pileta tiene como rasgo distintivo, será para mí, predisponerme a ese estado. Como en la novela de Murakami, “Al sur de la Frontera al oeste del sol” la pileta sería un remanso para mí, al fin, volví a nadar luego de leerla y de que me despertara el viejo placer conocido, esa instancia en la que cuerpo y alma se alinean y el peso de los huesos y la corporeidad parecen escindirse de mi ser y floto.
Ello funcionaría como instancia previa al suceso de limbidad. Así lograría que cada día en el que asistiera a nadar fuera, durante algunas horas, un bálsamo en medio de tanta hostilidad emocional. A medida que se acercaba el momento de meterme al agua, se incrementaba poco a poco la ansiedad por lograr la meta perseguida: llorar. Llorar sin que nadie me vea, esa idea era sana ya que me permitía, por el medio en el que lo hacía, no dar explicaciones a nadie, entre tantos miles de litros, quién podría identificar las lágrimas que un desconocido pudiera derramar, nadie me preguntaría ¿por qué lloras?
Ya en la pileta estiro los músculos, las piernas, cada brazo por vez, luego de a uno, izquierdo, derecho, llevándolos semi-flexionados por detrás de la nuca y sosteniendo unos segundos la posición, el antebrazo flojo, caído, bíceps y tríceps tensionando la fibra, inhalo tanto oxígeno como puedo, lo expiro, repito el ejercicio cinco veces, recambio el aire, acomodo mi gorra de baño por última vez, humedezco las antiparras para que produzcan efecto sopapa sobre mis ojos, me las coloco y estoy listo. Las antiparras una vez puestas se fusionan con el cuerpo, tienen una suerte de diseño hidrodinámico que permite un mejor deslizamiento en el agua, en su cavidad ocular depositaría mis racimos de lágrimas, al fin lograría llorarte.
Me lanzo desde el cajón de partida, voy casi hasta el fondo, el agua me recibe, en el primer chapuzón me humedezco desde las manos que ingresan primero hasta los pies que serán la resistencia seca de los miembros finales, siento cómo en algún sentido mi comodidad humana en el medio acuoso remite a la pertenencia o al origen del hombre. Si el hombre viene del mono ¿El mono viene del agua? ¿Nuestro origen será el de un mono-acuático? Reconozco cada extremidad como necesaria, indispensable, para moverme con plasticidad, como si cada extremidad, cada articulación tuviera la facultad de utilizarse para deslizarse cetaceamente, todo para que la universalidad genérica pudiera trasladarse como yo y otros lo hacemos en un medio líquido. ¿Sería entonces una cuestión de posibilidades? Si hubiera más piletas podría haber más clases de natación, luego más nadadores o al menos mayor cantidad de personas con la posibilidad de experimentar esta sensación alucinante que produce nadar y convertirse en sujetos del agua. ¿Habrá otros que, como yo, vienen a llorar?
El agua funcionaría como un camuflador de lágrimas. Después de los primeros seiscientos metros de ablande y en sintonía con el clímax muscular, ya caliente, el llanto afloró lento pero inexorable. La cavidad que se contornea entre los pómulos, la nariz y las antiparras fue cubriéndose de lágrimas hasta rebalsar de dolor, comencé a ver difuso, gris, hacia donde mi cuerpo deslizándose, sobre y entre la superficie, me llevaba.
No podría afirmar que esa tonalidad sea propia de las consecuencias del sufrir, más bien diría que es la consecuencia de una conjunción entre ellas y las antiparras empañadas por el vapor tibio del agua tibia. Con la vista nublada me veo obligado a detenerme en la parte baja para vaciar las antiparras y poder seguir con la práctica descargatoria del llanto privado. Es curioso pero podría decir que había logrado lo que estaba negándoseme hacía tiempo: llorar. Pero lloraba sin dolor, sin esa opresión en el pecho, como si la liquidez del medio licuara el peso triste de mi existencia.
El ADN de las lagrimas que afloraban de mis ojos arrojó una sustancia no conocida, químicamente compleja y que en humanos generaría extrañamiento, pavor, miedo, mucho miedo a perderte, a poder vivir sin vos -a no poder- y a través del pánico, una notable mejora en el rendimiento deportivo.
Así ando desde entonces, más en el agua que en la tierra, nadando, llorando químicas lágrimas que no reconozco como propias, en piletas ondas del desamor.


Agosto-Octubre de 2008

20 ago 2010

Te pierdo a cada paso

Hola linda, hace poco que nos conocemos, sin embargo cada vez que hablamos siento esa singularidad en la piel, ese hormigueo incómodo y elegante que me eriza la piel al rozar la tuya, en cada beso dado de las mejillas rojas.
¿Decís que nos conocimos en el cumpleaños de Juan Francisco? No, para mí que no. Los cumpleaños de Juan Francisco no fueron un lugar al que yo asistiera de manera frecuente, pese a que son una vez al año. Como fuese, yo iba de vez en vez para provocar el destino.
Para mí que fue en la facultad. Los pasillos de la facultad a las seis de la tarde, siempre fueron tumultuosos, bullicio, desandarlos era al llegar a clase o, saliendo de ella, una instancia de la adultez-infante que recuerdo como esas añoranzas a las que siempre se quiere regresar. Breves encuentros, conversaciones cortas y truncas, "hola hermosa, después te llamo, tengo que entrar a cursar”, “¿vas a estar en el bar?”, "vamos a tomar una cerveza." Saludos apurados, reencuentros, rostros recortados en la asimetría de la contingencia; pero aún así y a pesar de ello recordaría tu rostro por varias razones; y por otras tantas no lo recuerdo. Quizás nos cruzamos en las librerías vecinas al edificio de la universidad. Desordenados espacios reinantes de placeres futuros, o en la estación de un tren que estaba por partir. Y así te ibas…
Así te fuiste. ¿Te has ido? ¿Así es el trazo tuyo por mi vida?
Te recuerdo con alegría o con la tristeza láctea de las memorias que quedan por escribirse, ya sin el sustento incierto e inverosímil de la anquilosada memoria que resiste el vendaval y huye…, no al tiempo, sí de mí.

Cosas varias

Bueno, dejando a un lado lo del shampoo seco en las orejas y tu especialidad en tortas de mandarinas, rechazo la incompatibilidad entre inteligencia y demora en el egreso univeristario. Yo también demoré en recibirme pero en el camino hice otras cosas. Adopté 4 chiquitos (dos eran niños afganos mutilados por las bombas de fósforo arrojadas por el ejército de EE.UU; otro era Boliviano -estaba más cerca de un mono que de un humano, en todo caso era el Homo que No Sapiens, 12 años tenía cuando lo adopté, ya militaba en el gremio de los cocaleros, pateba con Evo el loco; por último adopté un asiático de la República de Mianmar, hecho jirones por una anguila venenosa que lo pico en un testículo cuando andaba boludeando por las playas del mar de Andamán que bañan ese país). Los devolví a todos porque no sabían comer con cuchillo y tenedor, los hijos de mil putas, sobrinos de la renergrida concha de su hermana. En cambio me compré un loro que tampoco usa cubiertos pero repite constantemente "puto, puto, puto" , esté yo presente o no. Le da igual y canta tangos.
Ahora hace 15 años que sólo me hago la peinadita en la pileta y 8 que me ahogo cuando me la hago...

Sobre la amistad de los soldados


Por Nacho Fittipaldi y Silvia Sullivan

El soldado le pidió permiso al Jefe de Escuadrón, Gral. Gerardo Lampenossi, para regresar al campo de batalla e intentar rescatar a su gran amigo que había quedado herido de muerte al alcance de las tropas enemigas, bajo la lluvia de balas más grande de la historia. El Jefe de Escuadrón le respondió que de ninguna manera arriesgaría un soldado vivo y sano por uno herido (o muerto). Rubén desobedeció la orden y luego de hacerse el distraído y el resignado, salió igual en busca de su amigo Mauricio. Al llegar al sitio en donde Mauricio se revolcaba de dolor, éste le dijo:

- ¿No podrías haber tardado más, no? ¿Por qué no viniste antes, no ves que me muero de dolor, te quedaste bebiendo no, borrachín? Rubén, la recalcada concha de tu madre, hace horas que espero que me rescaten, voy morir indefectiblemente!! Rubén observó que a Mauricio le faltaban las piernas y que su brazo izquierdo colgaba de un tendón, dolido por las palabras que su amigo acababa de decir, entre llantos, respondió.

- Arriesgué mi vida por vos amigo, me negué a acatar la orden de un superior por venir hasta aquí y vos tan solo me respondes así. Ahora, antes de morir, porque te vas a morir quieras o no, me vas a chupar la poronga paralitico de mierda, hijo de un malón de putas.
Mauricio, tullido y todo, le practicó sexo oral hasta que Rubén acabó, cosa que no era nada fácil por cierto. Entonces Mauricio, preocupado como estaba ante la inminencia de la muerte, le dijo al oído:

- ¿Rubén no tendrás sida, vos?

- Estate tranquilo -respondió Rubén- que la tenga sucia no quiere decir que no me la cuide. Ambos murieron ese mismo día, sin saber de dónde venían las balas, en los dos había cierta expresión de dolor y felicidad, en la inmovilidad de sus rostros.

Moraleja: los soldados son reputos.


Reminiscencias de una noche con Rodolfo Mederos

Por Nacho Fittipaldi
Relato
La Plata, julio de 2008
Amigos, ayer nuevamente y después de sentir la derrota de dos miércoles de Café Cultura, muy malos, tuve la sensación de que la cosa comenzaba a funcionar, espero con la regularidad que necesitamos.
El encuentro con Mederos fue tremendo, el tipo habló una hora y media sin parar, se pasó el formato por donde se le cantó y fue mejor así. Conversador el hombre, se arrojó a su vida de niño, se quebró en lágrimas cuando recorrió algún recuerdo entrañable y la figura de su padre; relató su llegada a Pugliese y a Piazzolla, pero también se refirió a la cantidad de veces que mordió el polvo en sus primeros arribos a Bs.As, de cómo un músico debe trabajar de músico, de cuantas veces frente a la derrota, solo la convicción y la pertenencia de donde uno viene se constituyen en el combustible indispensable, único, para "ser" y "seguir".
Había que cortar la charla para abrir la ronda de preguntas, para que tocara, finalmente es un músico, y el tipo seguía ahí diciendo "Yo no tengo apuro, eh. ¿Hay que entregar el boliche pibe?" Y eran las diez de la noche, hablando desde las siete y media, la mesa desde la que hablaba estaba perdida y rodeada de la gente que se le aproximó por indicación suya, parecía haberse llegado hasta allí con los objetivos mas claros que los nuestros. El publico lo cautivó en silencio mientras en algún punto algunos de nosotros, obligados a observar o no dejando poder de hacerlo, nos dábamos cuenta que algo diferente allí se había logrado, una disrupción de la realidad, a salvo tan solo un rato de la hostilidad terrena. Yo estaba, al fin, feliz y realizado.
Sacó el bandoneón y eso solo provocó el reiterado chasquido de las manos del publico, ya rojizas, que a esa altura tenía mas ganas de escucharlo que de seguir viviendo. Estábamos cerquita de él, tanto que podíamos oír el sonido del fuelle al contraerse y ver cómo el aire que de allí exhala le soplaba un mechón de pelos que le caían sobre la frente como acariciándolo, vimos cómo el aire caliente de la música buscaba el cielo al que pertenece.
Tocó tres tangos que fulminaron el alma, la hamacaron hacia arriba y hacia abajo, como señalando la volatibilidad de la estructura edilicia o la humana, nos la soltó en pleno vuelo y allí caímos hechos jirones pero recuperados de espíritu con las recobradas fuerzas para hacerle frente al frío helado que una vez mas había tomado la ciudad.

Reminiscencias de una noche en Banfield


Por Nacho Fittipaldi
Relato
Arrojados por el ímpetu, casi infame, de reunirnos y restituirnos subjetivamente en la amistad, nos hablamos por teléfono y sin mas mediaciones que la palabra, nos fuimos de manera poco menos que furtiva, a Banfield.
El hijo de una amiga de Cristina, catalán por necesidad o expulsión, se presentaba en la Argentina para pasear y mostrarles a sus amigos algo de lo que él y su madre llevan adentro como una identificación genética. Todos ellos irían a cenar a la casa de Cristina que ni Ana, ni Martín, ni yo conocíamos. Cristina, que tanto ha andado por las casas de nuestros vínculos cercanos, participando de cuanta tertulia ha habido, nos recibía en su nueva casa por primera vez.
Sin otro reaseguro más que la invitación misma, ya estábamos comprando cervezas, papitas y mortadela para agasajar, a nuestros invitados. Ese era nuestro espíritu a esa altura temprana de la tarde. El vino tinto corría por su cuenta, o eso necesitábamos creer. Sujetos al favorable tipo de cambio nos convencimos de que traerían excelentes tintos y en cantidad. Cuando los catalanes arribaran, todos fijaríamos la vista en sus manos para corroborar lo convenido y conjeturado.
Conocer la casa de Cris, estar y habitarla, era para ella el segundo gran objetivo de esa noche; el tercero, lograr sobre los catalanes la retención del registro de lo que un grupo de argentinos con buenas intenciones pueden generar. En ese escenario las empanadas serían solo la finalización de una serie de introducciones gastronómicas que nos llevarían, de tiempo en tiempo, a descorchar varias botellas de vino que, a esa altura, eran el pasaje seguro al embriague divertido y procaz de Juliana, la parlanchina estrellita y amigota de Cris. Juliana concitaba sobre sus tetas todas las miradas masculinas posibles y alguna femenina que no salía de su asombro. No eran para menos. Redondas, grandotas, las imaginé turgentes, elevadísimas, aquellos pechos, globas desconcentrantes, hicieron que el hilarante tono de voz quedara en un tercer plano.
En otro estilo, otras bellezas, otras tetas, también estaban Celina, y sus hermosas hijas, a la sazón las nietas de Cris, y María, que se fue antes de tiempo, cuando todo comenzaba, cuando tan solo el corpiño le había pispeado, solo al cruzar dos o tres comentarios se paro y me dijo “Bueno me voy” y a la mierda el erotismo, el deseo, el equilibrio de género etario necesario que Celina y María nos venían a dar a la ya problemática presencia de Juliana que, a esas alturas le había provocado tortícolis al bueno de Sergio, alucinado por sus gomas.
Al inicio del encuentro primó la cautela, la reserva, el comentario medido y por momentos el silencio. A la vez que el alcohol nos desinhibía, nos trababa la lengua pero no la cabeza, ese suele ser el problema, nos conformaba en grupo.
Entonces salió la política como tema de debate, como siempre nos sale, y su presencia caldeó el ambiente. Era el tiempo de oírlos a ellos, a los catalanes. Tomarían la palabra, se expresarían con ese vocabulario certero, con la virtud española de nombrar lo que se invoca, con esos modismos tan suyos que requieren de aclaraciones como notas al pie. Allí Fede, el agasajado en cuestión, se posicionó a la izquierda del mapa político español actual, mostró sus diferencias con Sergio, en la derecha de un partido independentista catalán, e inmutable permanecía Mique, una suerte de dibujito animado, con voz de tal, pero con una personalidad y un discurso muy interesante. No pude saber cómo pensaba Mique. Era el tiempo de oírlos a ellos. Pero no, no pude escucharlos todo lo que quería. La argentinidad también es eso. Si estoy yo, hablo yo. Mostrar que sé de qué hablan los otros, debe quedar claro que en esa mesa yo soy diferente al resto y me permito hablar, por demás, sobre lo que forma parte de la cotidianeidad ajena. Una pena. Pudimos sin embargo identificar algunas problemáticas comunes a ambos lados del océano y es que, claro, en la forma capitalista moderna, hay un modo, y no otro de articular y descuartizar los sistemas de partidos. Entonces, la praxis se desvanece en el aire cuando se ingresa a las casas de gobierno, sea donde fuere, queda la palabra vacua, las dirigencias se licuan con la facilidad que se pela un pepino, y las crisis de representatividad han dejado de ser fenómenos privativos de los países subdesarrollados –o a mitad de camino de todo- para convertirse en fenómenos a escala mundial ¿O es que acaso el capitalismo no lo es? La curiosidad era oírlos hablar de lo que nosotros discutimos cada día. La dificultad escucharnos. Y María se había ido con sus tetas y todo; misteriosa como un signo.
Educar a Ana no es fácil, hacerla salir de ese bucolismo Buckosquiano es épica pura en ese recorrido de la noche. Solita, callada, a veces hablándome cerca del oído, ella si quería, como yo, escuchar, arrumbada contra un vértice de la mesa, ya beoda, dijo “…un poema, una frase, algo, alguien diga algo.” Reclamó. Y prendió. Alguien apoyó la moción y allí estaba Juliana hablando, ahora se lo habíamos pedido. Arrancó con una prestancia sobresaliente, lo que la salvó del fastidio y la cruz comunitaria. Recitó. Y dijo una de Borges, otra de Jorge Luis, y a éste le siguió Quevedo, para llegar a Ruben Darío y así se ganó un espacio en esos recuerdos o en ese plano donde la cosa se hace consistente, densa, persistente y adquiere valor lo que vale la pena recordar. La abuela Diaguita y Eva Perón callados testigos de todo cuanto ocurría asentían con la cabeza en alto.
Cuando el vino nos agotó antes de que se termine, se abrió paso el fernet y el Fede, antojado de otra bebida le dijo a Cris “¿Se puede tomar cualquiera de las bebidas que están aquí?” Si, dijo Cristina confiada, casi sin saber lo que aquél muchacho, a diferencia mía, había identificado con claridad. En la mesa apareció un J&B, 12 años, un whisky de la puta madre, que no sé de dónde carajo salió. La estrategia diaguita del disimulo funcionó y se escondió en su verdad hasta cuando ellos se fueron. Solo entonces confesó que esa botella había sido parte de un pacto, el cual acordaba la apertura y la ingesta de su contenido, solo en presencia del Tano.
Luego la dispersión del grupo se dio con naturalidad. Yo me dirigí hacia el sillón, me recosté como quien se dispone a dormir, con la autosuficiencia de quien hace lo que quiere entre gente de confianza, el placer de estar pasándola fenomenal, el sabor semi amargo del fernet hamacándose en mi boca. Ana confidenciándose conmigo nuevamente, “Confesión del viento” podría ser el título de la escena ya que sus palabras, como en aquella bellísima canción de Juan Falú, viven y mueren en el acto del relato y se las confiesa al viento. Ella habla yo escucho y allí queda todo, el movimiento y la profusión de las palabras se van con el humo del ambiente. Hasta que alguno de los dos decida volver a confesar. De fondo otro viento se lleva lo que Martín, Cris y los catalanes conversan. El intercambio de direcciones de correo y de teléfonos ya es lo que prevalece, Sergio le reclama el teléfono a Juliana por séptima vez, ella lo intenta de nuevo, ya lo hizo seis veces y ahí va otra: 0-1-1-1-5…. “Espera, espera” le solicita el catalán, como si ella le hubiera dictado velozmente. A las dos de la mañana eso es imposible porque el nivel de alcohol en sangre ya es mucho en todos nosotros. Juliana balbucea, números, “Espérate, espérate”, le ruega él, borracho ya, y yo me doblo de risa, ella se molesta, me pega con un bolso, dice que soy un sociólogo de mierda, Sergio se ríe también, la situación es tan absurda como graciosa, yo no logro controlarme, me doy cuanta que la noche fue estupenda, que lo que diseño y pergeño Cristina salió bárbaro. Reflexiono sobre la azarosidad que rodeó esa noche, ¿cuanto hubo de ello y cuanto de predeterminada estaba aquella secuencia por las características de los invitados?
Los invitados se van repentinamente, quieren ganar la calle pese a que el taxi no ha llegado y tal cual la usanza argentina tardará en llegar, Juliana dice que los españoles se la quieren coger, los tres, no se quiere ir con ellos, pero los ha provocado toda la noche, se irá igual, ahora le sacude a Martín con el bolso, repetidamente y por sobre la cabeza de Cristina que se mamó antes de lo conocido. Cuando ella se emborracha le pasa esto, se pone verborragica, la lengua se le paraliza, ha bebido whisky, debe tener la lengua acaramelada, la cabeza le responde a medias, la lengua ya no. Sus brazos se caen de pesados, la espalda cansada de tantos golpes parece resignarse y los deja desvencijados, no de amasar o cortar carne para hacer ciento de empanadas, una vida de empanadas para otros, sino la alucinante vida ardua y castigadora parece manifestársele en el cuerpo cuando Cris se emborracha. Y sus brazos cansinos parecen ser los únicos miembros del mapa corpóreo que piden descanso.
Luego de todo esto, con Martín ya dormido, nos disponemos a la última charla, son las tres y media de la madrugada, Cris sigue hablando, Ana la sigue, yo ya no puedo, se cuestionan se repreguntan, me canso, me voy, lo que dicen me interesa pero mis oídos ya no oyen, me recompongo, nos encontramos, el día esta mas cerca que la noche que se fue y solo ahí nos decimos hasta mañana.

Pediatria polaca

Por Nacho Fittipaldi
Hurbinek era su nombre, un tatuaje en el antebrazo su identidad. La familia nunca supo de él. Hubo dudas acerca del nacimiento, certezas sobre su muerte. La de él entre otras y aunque se multiplicaran por cientos, no era una más.
En cierta ocasión Primo Levi me comentó que Hurbinek había nacido en el cautiverio de Auschwitz y con tres años “nunca había visto un árbol.”
Llegaba apenas a balbucear unas palabras inentendibles. Nadie en aquella polaca Babel supo en qué idioma hablaba y qué quería el diminuto. Lo que tenía era un hambre sin dimensión, incontrastable. No conoció el sabor de la leche materna, ni mantuvo diálogo alguno con el pezón de su madre rapada, alejadísimo de la calidez familiar no llegaría ni a extrañarla. “Había luchado como un hombre, hasta el último suspiro, por conquistar su entrada al mundo de los hombres, del cual un poder bestial lo había exiliado.”
Alguien, igual a mí, el que decidió sobre el pequeño.
“Hurbinek murió en los primeros días del mes de Marzo de 1945, libre pero no redimido. Nada queda de él: el testimonio de su existencia son estas palabras mías”
Lloro mi dolor, me hundo en la arena desde donde me cuentan la historia. Las lágrimas acarician mi esencia interpelada y vacía. No tengo más que angustia. La vergüenza, es la de pertenecer al género humano. Así de grande la angustia.
Yo muero cada vez que Hurbinek pide pan.



I.F. Febrero de 2007

Resignaciones

Por Nacho Fittipaldi

Cuento
Las parejas son un anudado rizo de amor, pero también, un hilo fino y caro que pende de un inoportuno silbido.
Él no sabe si la ama pero esta crecido para comenzar con grandes análisis, separarse a los cuarenta y cinco es un suicidio social -piensa. La reflexión de si es o no es la mujer de su vida forma parte de un tiempo que hace mucho se ha escurrido. Ella está bien para la edad que tiene y él, bastante mal para la edad que no tiene, pero aparenta.
Se quieren, se cuidan, comparten algunas cosas, no toda su vida pero sí algunas de importancia, han construido juntos una linda casa, tienen amigos, muchos amigo, sonrisas, muchos matrimonios amigos, un buen pasar económico, reconocidas trayectorias profesionales, lo que se dice una vida acomodada. Nada alcanza.
Esa noche de noviembre cocinaron juntos, se agasajaron mutuamente, como ella se merece -dirá su madre. A Sofía le encanta que Mariano la trate bien, que la mime, por alguna razón está convencida de que esas cosas afianzan la relación, hace ocho años que viven juntos. Ella reposa en los pequeños detalles.
Mientras cenaban, conversaron sobre dónde irían de vacaciones en ese verano que estaba entrando, divagaron sobre algunos destinos recónditos del mundo, Kuala Lumpur, Lhasa, Pehuajó, Vietnam, lugares a los que nunca irían pero sobre los que les causaba risa hipotetizar, comieron el postre de pie mientras observaban una reciente grieta en el cielo raso de la cocina, pensaban en como suturarla.
Sofía se lava los dientes y se pone un camisón sugestivo, en verdad el estilo no es el suyo pero sabe que de no hacerlo con su marido, en la intimidad de su habitación, no encontraría otro lugar ni con quien usarlo. Mariano se convence de que un champagne es lo que le falta a esa noche para un buen final.
Durante la tardecita habían discutido acerca de qué película alquilar. Él quería ver algo de suspenso pero Sofía se salió con la suya. Alquiló una película iraní de esas que duran una hora y veinte, en las que hay cuatro diálogos y se utilizan treinta palabras en todo el film. Antes de verla Mariano sabe que indefectiblemente vera cientos de imágenes de chicos mutilados, rostros hermosos envueltos en velos negros, caras vedadas, sólo con voz, mujeres vejadas, ciudades derruidas por los bombardeos de algún país insensato que escudriñado en el peligro de que Irán logré su propia bomba nuclear, fustiga a fuerza de potasio y fósforo, los suelos iraníes de los que sólo pretende sus reservas gasiferas. Mariano se pregunta si luego de los bombardeos las reservas de gas no estallan por el aire junto con los pobladores y si los cuerpos de los pobladores que se ven incinerados por televisión, explotan antes por las bombas que por la explosión de las reservas codiciadas.
Sofía se detiene en otras cosas y cree que en esas películas está resumida la historia de la humanidad: la ambición por el dinero, la religión, las guerras interminables por conquistar la economía del mundo en un territorio ajeno, en donde, otras religiones se profesan y prevalecen. Mariano la consulta acerca de si en una hora y veinte cabe la historia de la humanidad. Sofía ríe, toma la copa por su tallo, bebe un sorbo y sutilmente lo invita al sigilo de la noche, cubre sus piernas con las sábanas que le brindan un leve pero acogedor calorcito, él toma el silencio al que lo han invitado y con la película detenida en una de las tantas escenas sin diálogo, puro cine, se tira un sonoro pedo. Deliberadamente, Mariano se caga. Sofía se enoja, le dice que es un asco y que no puede ser que siempre haga lo mismo. Lo que le molesta es la falta de respeto, pero no por mí –arguye-, cree que él no tiene derecho a arruinar ese momento y mucho menos a faltarle el respeto al director de la película, no te podes cagar así, la próxima te vas al living. Mariano se defiende y le dice a modo de justificativo que no fue para tanto, que fue sin olor porque la comida era sana, tenía poca harina. A los pocos segundos un hediondo olor invade por debajo de las sábanas las concavidades de la habitación desmintiendo lo que Mariano acaba de afirmar. Y bueno ¿qué queres? Vos ya lo sabes e insistís, insistís con lo mismo Sofía, no puedo controlarlo, no resisto el cine arte y vos te empecinas en estas películas. El olor es fuertísimo pese a que la comida tenía poca harina. Mariano ha arruinado la película pero esto no es nuevo; ya lo ha hecho antes con otras irakies, dinamarquesas, tantas asiáticas como pudo, se ensaña con las de Woody Allen, Won Kar Wai y David Lynch, pero también ha obstaculizado las francesas, inglesas, las suecas, ha estropeado de punta a punta La vida Secreta de las Palabras, bellísima película, onda, arruinada por la sonoridad y el tufo de los pedos de Mariano que, lejos de sentir culpa, se regocija en sus flatulencias, ríe con complicidad cercada y sabanea. Sos un hijo de puta Mariano no te podes cagar así, ¿qué haces?, quedate quieto, no sabaneés -en esos momentos a él parece no importarle nada. Para, para no te enojes, éste pedo -dice risueño- ¿No te hace acordar al que me tiré cuando estábamos viendo Con Ánimo de Amar? Sí, olelo, olelo, es igual. ¿No te acordás qué comimos ese día Sofi?
Sofía comprende que se ha puesto el camisolín sin sentido, otra noche más, al menos no discutirá con él, no ésta vez. Piensa en por qué continúa soportando ese tipo de desplantes, sabe que no es el tiempo de grandes análisis pero hay cosas que ya no tolera, de reojos ve la figura de Mariano que con el pasar de los años se ha redondeando y deformado poco a poco, como si la aformidad sosa de Mariano fuera figurativa del curso de la relación.
Sofía logra concentrarse en la película y evita una discusión que no tiene caso pero aún así sabe que no le hablará en lo que queda de la noche, de todos modos Mariano esta casi extinto.
Ella ve las imágenes de los niños descuartizados por los misiles V7-32, los ojos resignados de tanta tristeza de las madres que han visto morir a sus hijos en tres guerras distintas en menos de una década. Piensa que si las bombas hacen explotar los pozos petrolíferos, también podrían hacer explotar a las madres de los soldados y civiles muertos, sería una buena ley de la naturaleza, cada madre muere en el momento exacto en que su hijo deja de respirar; y que toda madre muera cuando su hijo lanza una bomba sobre una población indefensa. Pero Sofía sabe que no hay leyes justas y que está enojada, siempre queda alguien huérfano de amor, aunque no haya guerras.
La respiración de Mariano ahora se entorpece, sabe que lo próximo es el ronquido y después el babeo mogólico de cada noche. Por su mente y en silencio repasa los nombres y las caras de los hombres que podrían ser sus amantes, o sus próximas parejas, si ella se alejara definitivamente de éste mierdoso sujeto al que de a momentos aborrece. No encuentra muchas caras en ese recorrido pero lo que más la angustia, lo que la acobarda de verdad son otras cosas mas viscerales. La amedrenta la duda de no poder vivir sin él, aunque Sofía sea perfectamente capaz de encontrar otro hombre que la valore, que la quiera, un hombre que esté dispuesto a dejarla pese a que se sienta crecido para afrontar una vida en soledad. Aún así, no sabe si puede vivir sin él. También sabe que no resolverá nada esa noche, que como otras noches pasara y han sido varias. Nada se derrumba en un solo día, muchos días se derrumban de a poco hasta el fin. Se da vuelta en la cama, apaga la luz y queda de espaldas a Mariano.
Ahora duermen los dos, no hay imágenes, ni diálogos, ni palabras.



IF Agosto de 2009

19 ago 2010

La tristeza o nostalgia a cielo abierto

Por Nacho Fittipaldi
Relato
Hasta recién, reciencito no más, la hoja estaba en blanco. Llenarla es una labor ardua, habitual quizás, aunque no por ello cosa fácil. No es más sencillo porque uno lo haga con recurrencia. No.
En este caso aún más complicado porque los días fueron varios y en general -cuando no escribo cuentos- mis relatos son sobre situaciones o momentos particulares y esta reseña incluye dos días enteros y será diferente porque no me concentraré sobre el acontecimiento central, si no sobre sus contingencias, lo que queda cuando lo efímero se esfuma, según mi parecer.

Desde la primera vez que fui a Maipú supe que volvería. La tristeza del pueblo o nostalgia, el cielo abierto que se adivina desde las veredas de sus calles abiertas al cielo, no al mundo, la des-pertenencia de Laura, su enfado al regresar ¿obligada? al finalizar las sucesivas semanas son elementos que hacen del lugar, no querible para algunos, algo querible para mí.

Entonces el pueblo chico de ese último viernes estaba soleado al llegar, frío como estos días, vacío de urbes, llegando con la cadencia que se llega al lugar en donde el tiempo es un agente externo al ritmo vital. El campo que linda con la ruta que acerca viajantes al pueblo parece no interrumpirse cuando se ha llegado al centro del la ciudad. Ello es continuidad y no ruptura con la gran mayoría de rutas y pueblos de la Argentina; lo que prevalece a la vera de los caminos son campos, desolaciones en producción, o no, peones mínimos en el sembradío regional. A veces me pregunto y reflexiono acerca de qué pensarán los japoneses al ver tanta pampa junta, qué harían sus gobernantes si se les diera durante trescientos sesenta y un días, no un año, la posibilidad de decidir sobre tanta tierra, carente de japoneses que la sobre pueblen.
Al llegar a la casa que sería nuestra durante ese fin de semana, vimos que ya era de Micaela y sus adolescentes amigas que castigaban la mesa del living con textos que debían leer y no leerían, con galletitas que deberían devorar y fatigaron con fruición púber; cigarrillos y otros menesteres completaban la escena bulliciosa, a nuestro arribar .

Algo incómodo al comienzo, esperé mi tiempo del atardecer que es cuando la noche entra por algún respiradero de la casa y llega hasta mí como un sonido disimulado, entonces el sabor del mate impregna las papilas, se regodea entre las muelas sacudiendo la saliva, ácida ahora, dulce después del primer bizcochito. Ese tiempo de la tarde en el que en verdad se resignifica la noche, fue la hora en la que definimos tomarnos una cerveza en el bar de la plaza -aquél en el que durante mi visita anterior Cristina se tomara primero un té y luego un whisky. Nunca vi tan desacoplada combinación. Ahora sería el rincón desde donde intentaría identificar el pulso del pueblo, de la gente al regresar a las casas. Como compañeros de mesa esta vez estaban Raúl y Martín. Un cortado para el primero seguido de cerveza y picadita para dos fue el consumo de nosotros, únicos actores, testigos en el desértico bar que compartieron aquel inicio de noche. Nada del pulso del pueblo, nada de ritmo, nada de gente y un frío atroz. La charla con Raúl estuvo entretenida; tenemos varias cosas en común y cuando hablo con él es porque no esta Laura y cuando no está Laura, él parece mas relajado. Conversar sirvió para conocer los orígenes de las bromas que veríamos en la obra. Pero miento, había alguien en el bar, un ser ermitaño, alejado de la ventana que da a la calle, había alguien allí apodado El conejo, habitando el bar, sus alcoholes y los dientes que indicaban el por qué del apodo.

Casa de familia
Yo podría definirme como una suerte o especie de hijo, amigo, de Laura, pero no de Raúl. No podría ser su hijo aunque sí su amigo. Charlar con él es para mi reproducir las conversaciones que puedo tener con algunos amigos de La Plata, él pudiera ser mi amigo, no mi padre, Laura es su mujer, no mi madre, sí mi amiga.
Sin embargo y por momentos siento que tengo más que ver con Raúl que con Laura, y es tan difícil educar a Laura. A ella no le gusta lo que a Raúl sí. A él le gustan muchas cosas que a mí también me parecen lindas o bellas: el mar, el sol, la arena, el viento y el frío del mar, en el mar, la naturaleza, cierta música. Las que a mí me gustan, a Laura -algunas- también le parecen lindas o bellas cuando le son acercadas por mí, nunca desde Raúl, aunque sean las mismas. Hay una suerte de necedad vincular o afectiva de Laura con Raúl y de Laura con Maipú, a quién Raúl parece adorar, a donde ella no regresará jamás aunque nunca se valla del todo y de donde él parece no querer o no poder irse. Yo iba por segunda vez en el año y sé que volveré.


La noche llegó y también Sandra con sus crias; entre los hijos de Laura y Sandra son como si todos fueran hermanos, todos primos, ellas, todas madres y padres a la vez. Hay allí un vínculo fuertísimo, como de Lapacho, se los ve hablar, acariciarse, besarse, pelearse y reconciliarse con velocidad felina, todo ahí es de una inmensa intensidad. Hay un vínculo sostenido mediante la práctica del amor y algo de fondo, un lazo sui generis que los preexiste y excede.


La mesa fue participada, enorme y variada, tanto de comidas como de bebidas. Comenzamos con una picada, no muy livianita, la gente entra a la casa de Laura directamente sin golpear la puerta y como el garaje esta todo el tiempo abierto, cuando uno quiere mirar quién entró, el susodicho ya esta en las mismísimas narices, saludando y tomando un salame, preguntando si hay o no cerveza, destapándola, el salame se cae de la boca, se lo abaraja en el aire, sigue la ruta al estómago, proponen un brindis…salud!!! Y adentro. En cinco minutos sos amigo de alguien que no sabes quien es y que no volves a ver en toda tu estadía o vida breve. Seguimos con albóndigas y terminamos con milanesas rellenas, nueve porciones de papas fritas colmaron los hígados, más cerveza, vino, tortas varias y fernet. La comida nos excedió como así también los posicionamientos sobre los que sosteníamos nuestras ideas, lo mismo daba que fuera una discusión sobre cómo se reinsertó el Bambino Veira trocando su condena penal -no social- en elemento de marketing televisivo, como las hipotéticas punibilidades que debieran contemplarse para los violadores o para las estructuras que deberían, o no, regir a los inspectores distritales del Ministerio de Educación en la provincia de Bs.As que tiene, como todos sabrán, 134 municipios.
Del “ridículo ideológico” a veces volvemos fácil mediante el humor, la chicana certera, del humor mas rancio hablo, del negro, del que lidia con lo agresivo pero en donde ello queda suspendido porque se sobre entiende lo afectivo. Y así volvemos a lo intrascendente, vamos y venimos, esa parecería ser la dinámica de los encuentros, trascurre la noche y corren las horas y se fue una linda noche, cálida, compartida. Otra. Algo que buscaba y necesitaba, un mimo para el alma.


La consagración a la noche del Sábado
Al día siguiente todo estaba dedicado a la función de teatro barrial, en verdad la excusa del viaje era esa. En la prejuiciosa estructura de pensamiento que poseo tenía para mí que el espectáculo sería gracioso, esto venía de los relatos que conocía, pero algo pedorrón, bien pueblerino y esto venía claramente de Laura.
Durante el medio día y la tarde transcurrieron al menos quince personas más, diferentes a las del día anterior, algunas ni las vi y ni llegué a hablarles, la casa de Laura es como una oficina del IOMA, entra y sale gente que no sabe a qué va, nunca se llega a saber tan siquiera a qué han ido, ni a quién buscaban. Entran, saludan, comen torta y salen. La diferencia con el IOMA, es que en esta casa de familia, siempre atiende alguien, en general sus dueños.
En las horas previas y como si faltara gente y quilombo llegó Cristina con Belén, más tarde recibiríamos a Any Giordano y su hijo. A las 19.30 Hs., éramos como veinte; comenzó la cerveza otra vez, otra picada, el Fernet, otra picada y Laura ya estaba sacada, metiendo y sacando comida de todos lados, al carajo el relax obtenido en los masajes de las seis, los del living comían con pasión animalésca, o como bestias, semejantes al Salvattore de Umberto Eco en El Nombre de la Rosa, entraba y salía gente de la ducha, Eliseo manoteaba los platos con comida antes de que llegaran a la mesa, asemejándose a un molusco de brazos larguísimos y certeros, no daba manotazo sin captura.
Cuando se hizo la hora salimos todos para el teatro y a los pocos metros se evidenciaba que aquello era lo mas parecido a una movilización popular que Maipú haya conocido. El frío caló mis huesos tomándolos por los tobillos, la cola de ingreso era larga, Cristina en excitación sin parangón agitaba al grupo, se reía ¿con sutileza?, nos hacía reír, a la vez quería participar de las conversaciones más o menos serias que podíamos entablar en ese caos anímico, Cristina cree que todo es rosca política, salía de ellas mas temprano que tarde para la provocación repetida del humor. El frío de la noche era igual en dimensión y textura a la belleza del teatro.
Sobre las puertas de ingreso los actores ya estaban recibiendo al público con los disfraces pertinentes, Raúl caracterizado de pirata era la vergüenza hecha carne de la pobre Laura ya contracturada, y es ¡¡tan difícil educarla!! Entonces el placer de Cristina pareció concentrarse en hacerle sentir más verguenza a la mujer de Raúl. ¿Si Raúl se disfraza, por qué es su mujer la que se averguenza? ¿Si el que actúa es él por qué se contractura ella?
El vestuario era lo suficientemente bueno como para desestimar mis prejuicios pero el primer sketch me los devolvió con creces. Luego y de a poco el espectáculo fue tomando color y vida propia, los actores improvisados y no tanto fueron dando muestra de ser verdaderos artistas; quien no actuaba con oficio cantaba con destreza, los guiones y las letras eran muy creativos y tan ocurrentes como para causar gracia aún a aquellos que no entendíamos cabalmente el látigo del humor. Los picos de risa se produjeron cuando el número de la chancha fue presentado por el incisivo periodista de investigación, Tomas De la Verga; la presencia del carnicero en el escenario me recordó el absurdo más encumbrado de Cha Cha Cha. Luego la prolijidad, el ritmo y la sintonía con la que entraban a cantar en trío me dieron la pauta de que el espectáculo era cosa seria.
Me queda la sensación intima de que finalmente, lo valioso, lo fenomenológico de la obra, del impulso artístico que supone artistas y público, no es tanto la calidad de los actores o del espectáculo, que existe y es mucha, sino que el pueblo pague una entrada, asista masivamente año tras año a ver, se someta con libertad a ser retratado cruda y cruelmente en la mirada irónica, ácida, absurda y nostalgiosa de un pueblo actuado.