28 ago. 2017

Hurto

Por Nacho Fittipaldi


El adolescente de gorrita y capucha viaja en un vagón contiguo al mío. Desde mi asiento lo veo nervioso, mover los dedos sobre el caño de donde la gente se sujeta como un pianista repasar su ejecución. Los pasajeros viajan distraídos, esa es su ventaja. El tren tiene doce estaciones intermedias entre Villa Elisa y Constitución, cada una es su oportunidad. Los celulares son la perdición de la plebe, todos desean uno mejor, las empresas brindan tantas oportunidades como subjetividades hay en el universo. Micaela lleva consigo un celular último modelo que está haciendo babear al chico encapuchado. Él la tiene en la mira. El tren llega a Ezpeleta, las puertas se abren, Micaela mira su celular acaso como si algo novedoso encontrara allí. Las puertas del tren eléctrico se abren y cierran con la misma frecuencia, siempre. El muchacho tiene ese tiempo registrado en su cerebro como una contraseña bancaria. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve…Se pone de pie con una plasticidad digna de ser captada por una cámara para advertir los curiosos ángulos que conforman ahora sus miembros. Da dos pasos, quita el celular de las manos de Mica, se dirige a la puerta, diez, once, y está afuera. La puerta cerrada, él sobre el andén, Mica adentro mirándolo por la ventana. Casi sin indignación. Él ni siquiera corre, no hace falta, el tren es el que toma envión y se esfuma. Casi nadie ha visto nada.

Al día siguiente subo al mismo tren, elijo un asiento de los del medio, los que más distancia tienen con las puertas. Miro a mí alrededor buscando posibles “descuidistas”. El tren presenta la mitad de los asientos mirando hacia un lado y la otra mitad hacia el otro, detrás mío queda una mitad, como el lado oscuro de la luna, a la que no puedo ver. La formación arranca y toma velocidad. En estos trenes nuevos el silencio es novedad. Miro por la ventana, leo, observo todo. No hay sitio donde estarse tranquilo. El conurbano es una cartografía que requiere atención. El tren frena en la estación Bernal. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, siento en mi brazo ese tirón que reconozco de la pesca, cuando el pez toma la carnada y el anzuelo, intenta huir pero está parcialmente sujeto a esa punta que le ha perforado la carne. El chico con capucha me ha pescado, huye hacia la puerta, diez, once, doce. Entonces grito “Te lo regalo…!!! –el joven mira sorprendido- el libro que me sacaste te lo regalo, repito. El muchacho mira su mano y ve que ha tomado un libro y no un celular. Esta sobre el andén, el tren se va, él no corre ni huye, al mirarme levanta el libro en lo alto, como un trofeo de guerra o como sugiriendo que lo va a leer. 

17 ago. 2017

Los 35%, los 65%

Por Nacho Fittipaldi 

Una desaparición forzada, una detenida política, despidos como para hacer dulce, represión preventiva, ajuste, aumento exponencial de la deuda externa, sub-ejecución presupuestaria, bono a 100 años, Lebacs de incierto futuro, aumento de la pobreza e indigencia, disminución de la decencia, etc. Nada de eso parece hacer mella en el electorado que eligió a Cambiemos en la provincia de Bs.As. ¿Es eso así? Este es un primer punto a discutir. ¿Podemos afirmar que todo lo que queda por fuera del 35% de Esteban Bulrrich es un voto opositor? A mi humilde entender no. Efectivamente hay un 65% que no votó por Cambiemos pero ese universo es de compleja y heterogénea composición. Tal vez sea conveniente especificar el enunciado. Tal vez sean opositores, estén disconformes con el modelo económico pero esa supuesta homogeneidad no se sostiene cuando hablamos de los dirigentes opositores que también encabezan el rechazo al modelo económico. Digamos, el voto que no fue a Cambiemos y que no es kirchnerista, rechaza el modelo económico-político pero también rechaza a Cristina.  
Por otro lado, el votante de Massa, ese que acompañó gran parte de las medidas de gobierno en el Congreso de la Nación, no puede categorizarse como un voto tajantemente opositor. Excepto que desconozca el hecho objetivo de que el massismo co-gobierna la legislatura bonaerense; y en segundo lugar porque no se ha desmarcado a nivel nacional del rumbo tomado. Las urnas así lo demuestran. El voto a la izquierda, Unidad Ciudadana e incluso el voto a Randazzo es en cambio un voto en contra a las políticas de gobierno.
El votante de Cambiemos escoge sostener la confianza en el gobierno basándose en las políticas implementadas, las expectativas y sobre todo un profundo rechazo a la figura de Cristina que es recapturada una y otra vez como un pasado al que conviene tener siempre cerca para exorcizar. Pero más allá del análisis electoral quería llevar el análisis a un punto más cualitativo, algo más difuso y por tanto endeble. Un punto de análisis que abarca el profundo cambio cultural que Macri propone y la empatía que genera en sectores que son, y serán, la variable de ajuste del modelo.
La realidad discursiva de Cambiemos es la mayor construcción política de la que pueden dar cuenta. Para ello es necesario e ineludible la cooperación de las corporaciones económicas y mediáticas; la estética cuidada; la direccionalidad discursiva; el mensaje; y la plataforma sobre la que ese discurso trabaja. Esa plataforma encuentra una base ciertamente real que es lo que el kirchnerismo ha dejado como cierto. Un regalo, una parcialidad. Esto no implica negar los muchísimos logros del Kirchnerismo pero sí relativizarlos. En esa relativización es donde comienza a tallar el discurso de Cambiemos, allí debemos encontrar algunas de las explicaciones que permitan explicar el último resultado electoral, independientemente de que Cristina gane por un punto o pierda por medio. Mientras se acepta esa relativización, las corporaciones mediáticas y sus periodistas devenidos en dirigentes políticos agotan su tratamiento en cuanto medio es posible. Pongamos un ejemplo. El dato de pobreza: ¿Es cierto que Macri aumentó la pobreza? Sí. ¿Es cierto que Cristina concluyó su mandato habiendo entre un 25% y un 30% de pobres en Argentina? Esa es una respuesta que no podemos confirmar. No sé. La respuesta sería un SI, relativo. Y un NO, relativo. En principio la trampa está plantada por el propio kirchnerismo, al no haber datos de aquél INDEC la discusión está vedada, viciada. Al no poder dar la discusión objetivamente (si es que hay datos objetivos) entonces hemos perdido esa discusión, o al menos se le ha concedido a Cambiemos la posibilidad de que esa contra argumentación sea esgrimida. Lo mismo sucede con las estadísticas de inflación, y por fuera del INDEC, con las de seguridad pública. ¿Ello niega la disminución de la pobreza entre 2003 y 2015? De ninguna manera, pero lo relativiza profundamente, lo bastardea. El punto es que un gobierno que se suponía inclusivo, como lo fue el kirchnerismo, sale perdiendo o empatando una discusión en la que se creía vencedor. La discusión mediática está perdida. Esa verdad relativa es diseminada por doquier. Ahora bien, el discurso de Cambiemos trabaja sobre hechos como esos, de los que hay varios mas, y sobre otras ficciones que construyen hechos. Digamos, la discusión sobre el financiamiento de la empresa ARSAT forma parte de algo totalmente periférico que no se juega electoralmente. La idea de pobreza, servicios, trasporte, y obra pública son ideas y conceptos más concretos y visibles. El 35% de votos de Cristina asume que en esos ítems el gobierno anterior hizo más que el actual, no la vota solo por eso, pero supone que lo anterior es consecuencia virtuosa de un modelo “Nac&Pop”. Dicho esto cabe plantear que Cambiemos, y en especial Vidal, toma esos mismos ítems y plantea lo inverso. Hace 25 años que no se hace nada de nada. Hasta Cafiero llega la pesada herencia. La confrontación es total e irreconciliable. Por lo tanto el análisis de lo estrictamente político excede lo eminentemente político. Se llega así a un terreno en el que la construcción del voto se constituye a partir de los indicadores mencionados, matizados por la relativización de sentidos que toda representación implica. Una representación de sentidos que está atravesada por el género, la edad, la formación educativa, la experiencia frente a los hechos históricos, los prejuicios, la coyuntura. En ese esquema, hoy por hoy, hay un empate. Atención, es un empate 35% a 35%, entre Cambiemos y Cristina, y no sirve pensar aquel 65% como una unidad, no se destraba por la sumatoria de los votos de Massa, Randazzo y los otros. En todo caso también se podría decir que el 65% del electorado no eligió a Cristina y que ese 65% relativiza los logros del kirchnerismo que el núcleo duro de Cristina entiende como concretos. La disputa es entre un modelo neoliberal y otro que no lo es. Un modelo que ajusta y que es felicitado por los organismos internacionales de crédito; y a su vez NO fue castigado electoralmente por los ajustados como uno hubiera creído. Por lo tanto no hay razones para pensar que el ajuste cesará, más bien lo contrario. El 35% que no voto ni a Unidad Ciudadana ni a Cambiemos decide la elección de octubre, otra vez como en 2015.
El cambio de Cambiemos es un pase mágico. Es deteriorar las cosas sin hacer de eso una tragedia griega. Es una venta constante de expectativas que solo es posible bajo, al menos, dos condiciones básicas, a) ejecutar el truco a la perfección; b) que la experiencia del pasado no haya sido tan positiva como la minoría intensa del kirchnerismo cree y que los rasgos más deleznables adjudicados a Cristina afloren una y otra vez. Esto es algo que hasta ella misma ha entendido, de allí el cambio de estrategia electoral. De allí que no alcance para octubre bajo las condiciones que hoy le aseguran ese 35%. La experiencia cultural de Cambiemos explota como nadie ese sesgo de verdad sobre una porción determinada de la población bonaerense. El problema no es que eso sea así, el problema es que ese pliegue, o rizoma, va en aumento en el territorio nacional. Como dijo el patético Gustavo Noriega el lunes pasado ante la pregunta de si le gustaba este gobierno, o no. Noriega respondió, “Hay cosas que me gustan y cosas que no. Pero este gobierno a diferencia del anterior, me sacó la política de la espalda. No me obliga a problematizar todo, a darle un sentido político a cada cosa” Ese hartazgo que expresa el periodista es una definición banal que él puede permitirse dado que tiene la barriga llena. Pero sin embargo no debiera pasar por alto un claro contraste entre Cristina y el presidente con problemas de lectoescritura. Por imposibilidad y estrategia, Macri ha aplanado de sentido la política y la historia nacional. La infantilización de sus argumentos se desparrama por cada uno de los ítems que abarca, su punto más alto de intelectualidad es al hablar de futbol y eso, a diferencia de Cristina, genera más empatía que odio. De eso se trata. Sobre un terreno fértil, la construcción de una estrategia. 

La disputa entre un modelo neoliberal en lo económico y conservador en lo político-cultural versus el modelo “Nac&Pop”, reconoce un campo más: El respeto a la voluntad popular. Este modelo neoliberal es un modelo con muchos votos a nivel nacional que aun no le garantiza una mayoría electoral ni parlamentaria. Ganar una elección es mejor que perderla. Perder una elección es mejor que evitarla, suspenderla,  perderla o prohibirla. La oposición no kirchnerista aparece escabullida de la primera plana mediática a la que recurrieron incasablemente hasta antes de las elecciones. Hoy que el escrutinio muestra irregularidades que rozan el fraude, su silencio y falta de compromiso es otra manera de mostrar su odio hacia Cristina y una sutil cercanía y defensa del modelo económico y político por fuera del ámbito parlamentario.

8 jul. 2017

Aristimuño, el gran versionador

Por Nacho Fittipaldi


Tal vez a Lisandro Aristimuño sea junto con Aca Seca y el Chango Spasiuk, los artistas a los que más veces he ido a ver, agrego también a Tabaré Cardozo. Esa repitencia responde a órdenes distintas. Aristimuño es a mí, modestísimo entender, desde hace muchos años el músico argentino de la escena pop-rock con mayor proyección, mayor presente y con un futuro arriesgado e impredecible. Todo depende de él. El éxito tan temprano puede ser un riesgo enorme.
Ayer en el Coliseo Podestá en medio de una noche inclemente, asistimos otra vez a una gala musical con muchísimos antecedentes en mi biografía personal que lo tienen a él como protagonista recurrente. Aristimuño además de ser un compositor muy respetable es básicamente un orquestador y el mejor versionista de sí mismo. Por eso vuelvo a verlo cada vez. Ejemplo: Hace unos años había comprado entradas para verlo en el ND Ateneo (por entonces se llamaba así), la fecha era de viernes. Por casualidad unos amigos me habían regalado entradas para verlo al día siguiente en La Plata. Y eso que podía haber implicado un terrible fastidio por ver dos veces el mismo show se convirtió en una extraordinaria lección. Resulta que el muchacho tímido y algo vanidoso del sur tenía dos shows completamente distintos en donde no solo no repetía el repertorio sino que además los arreglos eran totalmente distintos a los de sus grabaciones en estudio y los del día anterior. Esta lógica quedó comprobada cuando él comentó en una entrevista  que tenían tres shows distintos ensayados con su banda. Claro, luego de verlo al menos una vez por año desde hace  diez, esto podría implicar para Uds. que leen, suponer que nada podría resultarme novedoso u original. Y ese es exactamente el punto. Cada vez que vi un recital suyo había algo nuevo para destacar, o los arreglos de su voz, o las del coro, o el sobresaliente cuarteto de cuerdas que ahora parece haber abandonado y remplazado por un teclado y con la presencia del bajo más que la del chelo. Ese enroque, tal vez tenga sus consecuencias. O a veces la presencia más marcada de las guitarras eléctricas, o simplemente mayor presencia suya como solista para interpretar canciones melódicas, o a veces no y entonces la faceta mas rockera de la banda aparece con una potencia inusual para un octeto que mixtura la batería de un power trío con las sutilezas de la viola y el violín, y la distorsión de la electrónica que jamás desentona. Una conquista suya.

Pero ayer había otra cosa en juego, después del desmesurado  Mundo Anfibio y de sus sucesivos grandes Gran Rex, (la historia de la música en algún momento dirá “te acordas de los Gran Rex de Aristimuño??” y eso será como evocar los Luna Park de Sui Generis, tal vez) mi pregunta era qué más puede hacer. Pues bien, lo que vino fue Constelaciones y para mi modesto gusto lo que vino no era superior a Mundo Anfibio. Esto es subjetividad pura, quiero decir que la música, las canciones, los climas, los arreglos, etc. no me llegaban ni me poseían como lo anterior. Aclaración: en un cd con diez temas hay al menos cinco que son geniales. Y aquí hay otro acto de injustica. Diría, si queres saber quién es Aristimuño anda a verlo en vivo, y si podés andá al Gran Rex. Nada es igual después de eso, incluso para él. Creo que es su propia trampa y limite. Y ayer lo hizo de vuelta, otra vez ahí, sentado con cierta angustia por saber que lo que iba a ver no me satisfacería si se despachaba con todo el nuevo material, aun habiendo oído su ultimo Cd una vez por día, durante veinte, para poder apreciar mejor lo que desde el día de mi cumpleaños sabia era mi regalo.
Ayer desbordó otra vez, nuevamente su banda se puso por delante de su reciente e infame estrellato, a manos de chicas que no aguantan callarse la boca y gritarle “te amo” al alguien que parece despreciar esas manifestaciones. El recital de ayer estuvo marcado por un juego de luces (qué antigüedad) que colaboró en un clima intimista por momentos, él solo con su guitarra, susurrando palabras entre luces blancas que proyectan su figura sobre el techo del teatro, son como fantasmas de la opera encontrando la butaca donde sentarse y disfrutar. También son las prolongadas introducciones que ejecutan sin haber qué canción arranca dado que aquí todo está permitido y las introducciones son canciones instrumentales en sí mismas; o la sutileza de un teclado demasiado bajo quizá, pero que cuando se oye suena precioso. O esa sonoridad total que llega con Plug del Sur, o En mí, y entonces estoy contra la butaca, con la cara desdibujada como un niño nuevamente engañado, como un adolescente que pese a su creencia madura ha quedado atrapado por el mago, intentando descubrir el truco. Ese riesgo es el suyo, y lo somete al infinito a reversionarse una vez más, cada vez, siempre que se presente sin ánimo de repetirse. Su inigualable virtud. Ser uno distinto cada vez. Reitero, él es su mejor versionador. ¿Cuantas veces puede superarse a sí mismo sin falsearse? ¿Cuántas veces un artista puede hacer su mejor libro, su mejor cuadro, superarse, una y otra vez? Él parece tener la formula, la paleta, las hojas, el brillo, la pelota ideal para el mejor gol, la musa oportuna, el paisaje ideal para lograrlo cada vez.
La muestra cabal de todo lo aquí dicho es que por primera vez en mi vida, he visto a uno de los agentes de seguridad del teatro, un mono de dos metros, cantar, aplaudir, reírse, bailar en el pasillo del teatro, más preocupado por el disfrute personal y colectivo que por la seguridad.

Aristimuño lo había hecho otra vez adelante de todos, de la galera había sacado un conejo azul, con ojos rojizos y preocupado, como queriendo volver al plano de donde lo habían sacado.

30 mar. 2017

Mañana silvestre

Por Nacho Fittipaldi


Cada mañana termina en un combate. Por la ropa, por el desayuno, por la tele, por los horarios. Piero y Sabino comenzaron a disfrutarse y eso es también una disputa horizontal, constante. Hoy me toca a mí. Piero pide:
-          -  ¿Papá me pones los guantes?
Afuera hace 25 grados, son las 07.45 hs de la mañana, el tiempo apremia, Piero está en pijama,  falta que se lave los dientes, sacar el auto, subirlo, atarlo, cerrar el portón, llevarlo a la escuela  y recién allí podré ir a nadar.
-   - No Piero, no hace frío, esos guantes son muy caluroso y tardo un montón en ponértelos. Dale vestite. No tenemos tiempo.
Piero comienza a llorar como cada mañana. No sé por qué me enojo de una manera desmesurada. Me arrepiento. Le propongo que se vista y luego le coloco los guantes. Piero acepta, lo acaricio y le pido disculpas. Piero agrega:
-          Estos guantes son muy lindos Pa, y muy caros, me los regalaste vos. Gracias papi.
Piero conoce los puntos débiles del padre, y aunque los guantes son del invierno pasado sabe qué decir y en qué momento colar sus palabras, el tono, la cara y una gestualidad.
Finalmente llegamos más temprano que lo pronosticado en mi cabeza. Apenas tres familias han llegado a la puerta de la escuela, ésta solo se abre a las 08.00 Hs y se cierra quince minutos más tarde. Fatídica, dictatorialmente. A Piero le gusta llegar primero, lo cual no sucede jamás, hoy y pese a todo estuvimos cerca. En la cola para entrar se producen charlas amigables entre los chicos, entre los padres (excepto yo) educados que forman parte del “grupo de los papis”. A esta hora son todas mujeres, a pie, en bici, con un pibe, con dos, con tres, con dos pibes y un perro, con un perro y una beba, en fin, combinaciones múltiples. Las mujeres conversan, no sé de qué, nunca se cómo hacen para tener tema de conversación, ni para terminar creyendo que a otro le puede interesar eso que están balbuceando. Señores, son las ocho de  la mañana. ¿Hay necesidad de sacar tema porque sí? ¿Hay que hablar sí o sí? Incomprensible.
En esa quietud y en la cierta incomodidad que me habita, sucede algo imprevisto y no previsible. O sí. La pelea comienza cuando uno de los perros de una mami invade el territorio de otro perro callejero que está siempre en la escuela. El primer ataque es solo una amenaza, pero la amenaza no provoca el repliegue del perro invasor, apodado Charly. Charly se planta y entonces lo que era una amenaza se convierte en un certero mordisco en el cogote. Ambos gruñen, muestran sus dientes, son dos perros grandes, de aspecto desagradable ambos, intimidante. Uno lleva el hocico ya blanquecino (como yo) es el dueño de la puerta. Las mamis gritan y al unísono dirigen su mirada hacia mí, el único hombre en la escena. Están en pedo si piensan que voy a intervenir, pienso para mis adentros y un minuto más tarde estoy haciendo algo absurdo y sin convicción.
Los perros se tienen amordazados mutuamente, uno por el cuello, el otro a una pata delantera. Yo les grito, como si eso bastara, “fuera!! basta!!” Todo muy absurdo e inútil. Esto requiere de una actitud y determinación inhabitables en mí. Al menos hoy. En todo este circo he quedado de espaldas a la fila de mujeres que piensan entre sí, “mira este pelotudo no se anima a separar a dos perros” pienso en darme vuelta e increparlas. “Para qué mierda traes a tu perro, me queres decir??” Callo. La puerta no abre pese a que son más de las ocho. Busco un palo para pegarles a ambos, no sea cosa que la mami reclame justicia para su perro. No hay nada. Tomo otra decisión desacertada. Decido tirarle una patada al perro más viejo, pienso que si me ataca será con menos velocidad y ferocidad que si me atacara el perro más joven, alias, Charly. Olvido que el pantalón que llevo puesto es de esos modernos que tiene tiro bajo y tipo babucha, es un jogging, pero tiene estas limitantes. Al lanzar la patada el tiro del pantalón provoca un efecto resorte/inverso, la patada no sale del todo y medio que me tira para atrás, mi pierna queda en el aire y ante todo quedo como un tipo con poca agilidad (cosa discutible), cagón y perdedor (aspectos indiscutibles). Los perros continúan en una pelea bastante más prolongada de lo habitual. Ahora han saltado la zanja y están en un lugar en el que no quepo. Una suerte. Llevo mis manos hacia los bolsillos del pantalón, estoy parado en el medio de la calle, ellos han cruzado la calle en medio de las corridas, fijo preocupación por la integridad física de los animales. Cosa que verdaderamente me chupa un huevo. La mami grita sin moverse un centímetro, junto a la puerta cerrada, “Charly, Charly basta, vení” y después otro infame “Charly, Charly, Charlyyyy, vení, vení, vení” nada de eso surte efecto. Finalmente recojo una piedra y antes de tirársela a uno de los dos, los perros deciden abandonar el combate. Sé que ahora viene lo  peor. ¿Alguien interpelará mi accionar?, limitado por cierto, ¿alguna mami dirá una frase desafortunada? Al girar y quedar de nuevo frente a la cola de padres y niños que pugnan por entrar veo que la cantidad de personas ha aumentado exponencialmente. Veo que hay otros hombres y que todos han decidio no actuar, veo a uno de ellos que es gendarme con cara de “esto se resuelve de otra manera papu” tiene cara de estar vigilando todo el tiempo. Regreso junto a Piero y desafortunadamente, pese a haberle puesto los guantes, es pierito el que lanza:
-          -  Mi papá le tiene miedo a todo.
Otra vez las palabras y las cosas. Como el día que chocamos rumbo al jardín y luego de todo el shock, ver como estaba él, intercambiar datos, pólizas, mientras la lluvia me mojaba, llegando al jardín dijo, “Llegamos tarde por tu culpa” así es este pequeño monstruo.

Luego la puerta se abre, el perro viejo ingresa antes que nadie, Charly se ha ido en otra dirección y al fin me escabullo en la zona gris de mi propio yo.

22 mar. 2017

Marcha blanca

Por Nacho Fittipaldi

Escribo desde la emoción y desde un plano en el que los sentimientos y la mirada crítica, hija de mi formación, me atraviesan de manera múltiple y variada. Lo hago desde un lugar de cierta comodidad, sin apremios económicos, casi sin riesgos laborales. Soy privilegiado.
Salir a la calle se convirtió en costumbre durante estos últimos años, desde el 2016 salir a la calle fue sinónimo de protesta. Hoy salir fue sinónimo de desagravio.
El presidente y la gobernadora agredieron un símbolo emblemático, su pelea será ardua. Hoy en la manifestación vi mucha gente alegre, lejos del enojo que, descuento existe, vi alegría. También por eso es necesario salir, quejarse, putear, marcar la cancha y sus límites forman parte de la terapia. Vi docentes y alumnos, padres y jubilados. Docentes jubilados ya, con cara de <<con nosotros no>> Y había sueltos, gente que iba y venía. La marcha nunca es estática. El flujo de gente es continuo. Como pocas veces vi carteles así de originales; pancartas, afiches, remeras caseras, pintadas, de todo vi. Estaban los ya clásicos vendedores de remeras, los de hamburguesas, gaseosas y choris. Gente que vende cosas insólitas, lo que puede. Vi automovilistas poco enojados con las manifestantes tocando bocina en señal de respaldo. Pregunta: ¿Por qué Rodríguez Larreta no ordenó cortar las calles para que las columnas que ingresaban por 9 de Julio, Diagonal Norte y Sur no se toparan con los autos que quedarían allí por horas?
El presidente y la gobernadora agredieron un símbolo emblemático, su pelea será ardua. Hoy en la manifestación vi mucha gente alegre, lejos del enojo que, descuento existe, vi alegría. También por eso es necesario salir, quejarse, putear, marcar la cancha y sus límites forman parte de la terapia. Vi docentes y alumnos, padres y jubilados. Docentes jubilados ya, con cara de <<con nosotros no>> Y había sueltos, gente que iba y venía. La marcha nunca es estática. El flujo de gente es continuo. Como pocas veces vi carteles así de originales; pancartas, afiches, remeras caseras, pintadas, de todo vi. Estaban los ya clásicos vendedores de remeras, los de hamburguesas, gaseosas y choris. Gente que vende cosas insólitas, lo que puede. Vi automovilistas poco enojados con las manifestantes tocando bocina en señal de respaldo. Pregunta: ¿Por qué Rodríguez Larreta no ordenó cortar las calles para que las columnas que ingresaban por 9 de Julio, Diagonal Norte y Sur no se toparan con los autos que quedarían allí por horas?

El agravio es doloroso pero además debe encender una señal de alarma. Macri no cree en la educación pública no porque sea, supuestamente, ineficiente e ineficaz según los datos de la prueba  Aprender. No está pensando en aquellos que efectivamente no pueden pagar una cuota, para ellos habrá peores noticias. Macri necesita una educación que esté a tono con la re primarización de la economía y con la idea de convertir a la argentina en un enclave geográfico de producción a bajo costo. Necesita que la educación este a disposición de tan indecible fin.
Sobreponerse a la humillación de Macri y Vidal implica un acto de grandeza por parte de padres, alumnos y docentes. El acto de grandeza se produjo hoy. Manifestarse hoy, con la heterogeneidad demostrada, implicó hacer visible lo que hasta ahora solo recaía en Baradel. La ignorancia del presidente y sus socios son una ignominia. El gobierno nacional lo es. Frente a eso hay un colectivo que reivindica conquistas históricas que Macri desconoce profundamente. ¿Cómo se compatibiliza eso, esa disociación entre el presidente y su pueblo? No lo sé. Ese conflicto se está jugando y desatando, este tipo de agravios son mucho más profundos y complejos que lanzar un conjunto de insultos vagos e inexactos al kirchnerismo. Ese esquema es más sencillo aunque también parece haber perdido eficacia. Meterse con la educación pública es ir al hueso de la clase media y por lo tanto al hueso de la historia de la lucha de clases en Argentina.  Entonces las plazas se llenan de docentes y de pibes, de slogan tan eficaces como <<conozco varios nobeles salidos de la educación pública. No conozco a nadie tan bruto salido de una escuela privada como Ud. señor presidente>> Efectivos y breves. U otro que decía, <<Macri, caete en la educación pública que en un año te enseño a leer de corrido>> Pero además hay algo muy significativo que está en el seno de esta cuestión, todos los que nos criamos escuchando que la educación pública es de calidad e inclusiva, que es un derecho, nunca le decimos lo contrario a nuestros hijos. Jamás le enseñamos lo contrario a nuestros alumnos. En cualquier escuela en donde haya habido un desaparecido o un asesinado, o simplemente buena leche, se sabe que los desaparecidos son 30.000. Entonces llega una columna de docentes cuya primera fila luce unos doce guardapolvos blancos con los nombres, la fecha y la cara dibujada de los desaparecidos correspondientes a la seccional de un sindicato determinado. Se me estruja el corazón. Sé que el 24 marcharemos con mis hijos y mi compañera en memoria de aquellos y siento asco por quienes intentan estropear el proceso de construcción colectiva de la memoria.

Veo todos estos pibes que dicen que ellos son la educación pública aunque la operación de prensa sea asimilar eso con algo desdeñable, de baja calidad y solo para aquellos que el mercado nos les permitir ingresar a la educación privada. Es como levantar la mano y decir <<soy un negro de mierda que no puede pagar una privada>> y son millones señor presidente, sépalo, infórmese. Al menos para saber de qué tamaño es la lucha que se propone librar. Sepa también que para dar grandes batallas hacen falta hombres y mujeres con grandeza de espíritu y no veo, honestamente, por dónde le quepa esta cuestión. Disculpas.

Hace unos meses, bromeando, alguien me preguntó, <<¿qué harías si fueras ministro de educación de la nación?>> y respondí que no sabía, que lo único que tenía claro era que replicaría a nivel nacional la mayor cantidad de escuelas de arte posible y pondría tantas orquestas escuela como me fuera permitido. Pensando que la educación tiene que generar sujetos libres y creativos y que esa es la mejor herramienta que un pibe pueda tener. Hoy viendo lo que estos cosos se proponen, de dónde vienen y cómo hablan, lo brutos y crueles que son, vuelvo a regocijarme en mi imposible idea y sueño con eso a diario como alguna vez alguien habrá soñado en una manifestación como la de hoy.

8 sept. 2016

Nostalgia a café

Por Nacho Fittipaldi

Una rutina se cumple cuando se ejecuta. Entonces subo por calle Bolívar desde La Boca hasta Plaza de Mayo, los carros hidrantes lucen amenazantes allí, en una mañana absurda a juzgar por su presencia. La plaza está calma, el cansancio y la indiferencia no vencen a los combatientes de Malvinas que, desde hace años, acampan. Unas cuadras antes de esta nueva escenografía PRO camino por calle Alsina, paso por delante de una vitrina por la que he pasado varias veces y nunca he entrado. Su configuración es intimidante, tal vez atente contra la propia prosperidad del comercio. Desde el frente cuelgan tensos toldos de color rojo intenso, ahora deteriorados apenas por el desgaste solar, vidrios impecables que ofrecen delicias bien presentadas, cortinas que apenas reflejan “el sol de este otoño que hiciste primavera” dice la canción. Parto del supuesto que los restaurantes, bares o locales que no dejan ver lo que hay dentro atienden a tres razones: O son carísimos, o son prostíbulos, o son prostíbulos caros. Los alfajores de maicena brillantes despejan algunas opciones, delante mío un hombre común ingresa al bar. La Puerto Rico está ubicado en calle Alsina entre Balcarce y Defensa. Otra vez la cuestión de clase prefigura el comportamiento. Decido entrar solo porque el que entró frente a mí tenía aspecto de poder pagar el café que también yo estoy buscando. Sí él puede, también yo. Arriesgo. Al abrir la puerta me topo, mejor dicho casi me llevo puesto, a esas ¿estatuas? que pululan por Av. Corrientes y otros sitios emblemáticos de la ciudad: Olmedo y Porcel, Minguito, Juan Carlos Calabró, la de Sandro en el Gran Rex sentado en un sillón es algo que apenas puedo tolerar. Qué necesidad. Fisonomía PRO. Esta, a diferencia de las nombradas, es ininteligible. No se sabe quién es, podría ser Juan Carlos Mareco pero qué sentido tendría. Una peluca infame cubre el cráneo, camisa negra, pantalón de vestir gris y una botella de Anís 8 Hermanos lo acompañan en una mesa en la que se ve una partitura. Descartado Mareco, quién carajo es. ¿Mariano Mores? Indescifrable, qué pensará Mariana Fabianis.  
Busco una mesa entre las cientos de mesas posibles, el lugar es verdaderamente grande, cómo se llena esto, no hay más de once personas, una chica se acerca y me dice, “Señor?” le comento que voy a desayunar y que estoy solo. Pido un café con leche y dos medialunas, como nunca sé cuáles son las de grasa, y cuáles de manteca, le digo que es lo mismo y que traiga lo que quiera. El salón es algo oscuro, lo dicho, el toldo de afuera logra cierta intimidad que adentro se reproduce como un frío crudo, observo los artefactos de calefacción y compruebo que están esplendorosamente apagados. Afuera la garúa se hizo lluvia y la gente apresura el paso. La moza me rodea por el costado, se pone de frente y con dos jarros de metal, comienza a servir el café, uno por vez. Es una trompada. La ignota muchacha es ahora vehículo, reconozco eso que hace mientras dice “Dígame hasta cuando”, necesita que le dé la indicación de cuanto café deseo y lo mismo con la leche. Esa práctica antigua, casi extinta, que ella hace con displicencia me deposita en el salón comedor del hotel de Chapadmalal, ¿año 1987, 88, 89? Un hotel querido, remoto, gigante, peronista, al que ya no recuerdo cuantas veces fui. Íbamos en familia antes de que todo estallara por los aires. La costa atlántica es una línea de tiempo en la que las historias de vida se recortan como cicatrices personales. Allí fuimos familia. Fue lo que fuimos y en una ola estábamos todos. Después ya no. El olor a café perforaba las paredes del salón comedor, las tostadas llegaban tibias, la mermelada en esos diminutos potes que nosotros acopiábamos a instancias de Papá para la merienda de la tarde que hacíamos en los acantilados. Una vez volví.


La Puerto Rico lleva nombre caribeño para un café-restaurante-boliche en donde hace frío polar. Las baldosas llevan dibujadas y pintadas unas palmeras en negro y verde, hay un escenario y un falso telón color carmesí empotrado en la pared. El falso telón simula un telón. Con parsimonia y cara de habitué ingresa Juan Sasturain, me mira con cara de <<nos conocemos>>, devuelvo el saludo con respeto y deseo de que así fuera. Se sienta junto a una piba de unos 29 años que lo espera desde hace rato. Las medialunas son altas y amarillas, ¿todo es PRO en esta ciudad?, el tamaño es más bien cercano a una bondiolita de cerdo, como si la hubieran inyectado, como si le hubieran dado el mismo complejo vitamínico que tomaba Messi para crecer, tamaño de mini pan dulce, similar a la enana Noelia Pomba. Incomibles, ojo, no tanto por el sabor sino por el esfuerzo mandibular, desafío límite para las articulaciones, y el decoro de mantener la boca cerrada, dentro de lo registros civilizados de una sociedad promedio. La altura del local es algo llamativo, el frio lo abarca todo, las columnas (debe haber al menos seis en todo el local) son robustas como para sostener un puente como el que intentó construir Menem. Buenos Aire-Colonia prometía el riojano. De las columnas surge una nota de originalidad, han pasado de manera circular un anillo metálico que cubre el ancho de la columna y desde allí cuelgan unos ganchos para que la columna sea perchero. Si de allí pendieran abrigos, el espectáculo sería grotesco.

Intento leer un libro de historia del siglo XIX pero la verdad es que el escenario general me tiene tomado. La Puerto Rico también funciona como panadería. Las parejas , la gente que hay es toda grande y fea, no hay nadie lindo, ni la estatua. Cada vez que levanto la vista de las hojas la veo frente a mí, allí está, inerte, suspendida en el tiempo. Sea Mareco o Mariano Mores, lo que tiene en el atril no es una partitura: Es la carta, el menú del local. Junto a ella hay un piano, la confusión es total. Conjeturo. Sí es Mariano Mores sería lógico que aquello fuera una partitura, pero entonces por qué no poner la estatua junto al piano y una partitura de verdad. No. Lo ponen en una mesa en actitud de leer una partitura que es menú y con una botella de 8 Hermanos, lejos de ser un homenaje esto es una ofensa. No soporto más. Llamo a la moza, le pregunto. ¿Me podrías decir quién es el de la estatua? La piba me mira como extrañada, como si le estuviera hablando en Sefardí. “Ni idea señor, no sé quién es –y se excusa- soy nueva”. Pienso que todos somos nuevos en algo y que la apariencia externa de este lugar ubicado en el casco histórico de la ciudad, aún bella, antigua, distinguida, no es lo que La Puerto Rico es por dentro, es todo eso y por momentos la sensación que de jueves a domingo esto es un terremoto de merengue, ron y Caribe. Un contraste desmesurado entre un afuera y el adentro.  La costa atlántica también es eso, una biografía familiar deshilacha por el tiempo.

27 abr. 2016

Un jardinero peligroso



Por Nacho Fittipaldi

Roberto es un Sherpa de cantero. Cada un año o dos aparece en casa con la precisión de las tormentas estacionales. La primera vez fue para nivelar el terreno de casa. Había que entrar varios camiones de tierra y emparejar lo desparejo. Lo llamé, su voz y su manera de hablar me generaron desconfianza. Cuando lo vi el prejuicio dio lugar al juicio y el juicio es lo que escribo. Será justicia.
Aquella vez nos sorprendió por su fortaleza física, Roberto mide 1,55, tal vez 1,57, su contextura es menuda pero evidentemente su fuerza es brava. Entra y sale una y otra vez; una carretilla, dos, tres, cinco…perdemos la cuenta. En aquella oportunidad andaba con un hombre muy mayor, bajito y ancho como un frezzer de almacén. En esa primera visita a casa no hubo incidentes que lamentar, luego vino la época de plantar y dar vuelta la tierra, y sembrar pasto, eso lo hice yo. La segunda vez que vino ya fue por dolencia. Creo que yo estaba en cama y el pasto crecía y el cerco a la par.
-          Roberto podrás venir a casa a darnos una mano??
-          Sí, si, voy, voy, no hay drama.
Le explicamos qué era lo que había que hacer y se dedicó a lo suyo con energía. En un momento se acerca y le dice a Pao:
-          Podo el sauce??
-          Nooooo, Roberto. Corta el pasto y nada más.
La respuesta había sido clara, contundente y hasta incluso cortante. Un rato más tarde el sauce lucía un corte entre bombé y carré. El sauce había quedado con una copa solo semejante a los cercos y arbusto que hay en Los cocos (Córdoba) en esa zona del predio en donde hay un laberinto hecho con cercos, paseo ineludible del viaje de egresados de 7° grado. Aún hoy, un año después el sauce luce raro y aulla cada vez que Robertito se aproxima.
-          Te dije Roberto que no lo podaras. Mira lo que hiciste!!!
Él pareciera no comprender del todo. A simple vista Roberto es débil mental pero a la hora de cobrar, factura como si fuera Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook.
Como consecuencia de apisonar el terreno se produjo otro episodio que pinta a nuestro amigo de cuerpo entero. Aquella vez Rober había usado un pisón, o rodillo, que se usa para apisonar y alisar el terreno. Este objeto era de un tamaño significativo, un rodillo de un metro y medio de largo por unos treinta centímetros de diámetro, rellenado con cemento y con una manija bastante arcaica para hacerlo desplazar. Este rodillo o pisón era pesadísimo, yo mismo  intenté moverlo y la verdad es que costaba un huevo. Ellos lo movían entre dos.
Un día se aparece en casa pidiéndonos prestado el pisón para hacer un trabajo en otro lugar. Ante eso nuestra respuesta fue, “No hay problema pero cómo te lo vas a llevar” Robertito tiene como todo vehículo una moto, desde donde una vez me insultó por la calle sin advertir que era yo, luego al reconocerme falseó una media sonrisa y me saludó como si nada;  también anda en un Fiat Uno que ahora cambió por un Fiat Spacio, un claro ejemplo de movilidad social descendente. O sea el cómo le imposibilitaba el para qué. “Yo me lo llevo” dijo seguro de sí mismo. Cabe decir que el pisón no pesaba menos de 100 kg. Pasan unos días y aparece Roberto con un amigo que tenía una cara de insano alarmante. “Hola –dice con voz aflautada y velocidad de chita-  vine a buscar el pisón” detrás suyo se ve la moto y un pequeño tráiler que es igual al que usan los jardineros para llevar bordeadoras, machetes, motosierras y hasta una máquina de cortar pasto pero jamás para trasladar un pisón de 100 kg. Pao lo advierte, “te vas a dar vuelta, se te va a dar vuelta la moto” Roberto insiste como si nosotros no quisiéramos darle el pisón, “Roberto te lo regalo el pisón pero no lo cargues ahí porque vas a tener un accidente o vas a aplastar al que venga detrás tuyo” El pequeño, o los pequeños muchachos van hasta el fondo del terreno, arrastran el pisón hasta el portón de calle e intentan subir el pisón al carro. La moto corcovea, relincha, se niega. La moto sede, y Roberto, no sabemos cómo, vence y se va.
Una tarde del año pasado suena el timbre, es Roberto:
-          Hola, cómo andas –Roberto parece un roedor con daño cerebral-.
-          Qué haces Roberto!?
-          ¿No necesitas que te haga el parque?
-          No. –su cara expresa algo distinto esta vez-.
-          Acabo de chocar, choqué con la moto –hace un silencio que yo entiendo como un socorro-.
-          ¿Estás bien, te golpeaste?
-          Si, golpeé un poco la moto pero estoy bien. ¿Tenes $100? –a mí la pregunta me descoloca, me pide plata cuando yo le ofrezco ayuda y a la vez con $100 no resuelve ningún quilombo (pienso) de los que el choque le puede haber provocado; él agrega:
-          Después cuando venga a trabajar te cobro menos
-          Sí, sí no hay problema –digo yo medio confundido- pero alarmado por el abuso del pedido.
Roberto es así, te obliga a tener la guardia alta todo el tiempo aunque su aspecto invite más a ofrecerle ayuda.
Dos semanas sin parar de llover, el pasto está muy alto y con mi máquina no puedo entrar a cortar. Lo llamo aunque sé en qué me meto. “Podrás venir a cortar??”
Llega temprano, la altura de siempre, remera manga corta, gorra con visera y anteojos de sol, no son anteojos deportivos ni playeros, son anteojos de sol pero de vestir, pantalones tipo pampero y borcegos. Cuando veo bajar sus herramientas le aclaro:
-          Roberto cortá con la máquina, no cortes con la desmalesadora porque quemas el pasto.
-          Sí, sí quedate tranqui.

Eso es justo lo que no va a suceder, sé que para que no haga cagadas estoy obligado a espiarlo desde adentro de casa, siguiendo paso a paso lo que hace porque un segundo de librepensador que le agarre y es capaz de podarte un árbol en extinción. Roberto camina un poco por el parque, es un Sherpa de cantero, agrega, “No tenes una bolsita para juntar la cacona de la perra”, el detalle de la palabra <<cacona>> es algo que apenas puedo tolerar, la risa me invade. Arranca a trabajar, en 20 minutos corta todo el parque, ahora junta el pasto, yo me tomo un mate y de pie, detrás de la cortina observo lo que este potro de la naturaleza realiza. Roberto es dueño de una brutalidad anestesiada. En cualquier momento se enciende y genera el infortunio. Yo sedo ante mi propio yo. Repaso las órdenes que le di como para convencerme que fui claro: cortar el pasto, cortar el cerco, limpiar los yuyos que taparon a las plantas y cortar el pasto de la pileta. Eso dije. Cuando levanto la vista veo a Roberto adentro de la pileta cortando el pasto, en verdad no está haciendo eso ahora. Lo miro y no entiendo. Cómo hizo. Qué carajo hizo para hacer lo que mis ojos ven. Roberto está de pie en la vereda de la pileta, la desmalezadora está al revés, la parte de la tanza con la que corta está mirando al cielo, en el aire la maquina ruje, fu fu fu fu, él hace un movimiento como si tuviera un dorado al otro extremo de la línea, mueve la caña, la tensa, el dorado no salta, la media sombra que cubre la pileta de las hojas otoñales se estremece, esta enredada a la tanza de la máquina, entabla un dialogo con el sauce, solo ellos comprenden. La media sombra está abierta exactamente a la mitad como si la hubiera abierto con una trincheta. Estoy cansado de controlarlo y que no surja efecto. Robertito lo arruinó otra vez. Su fuerza es bruta pero por sobre todo: Libre.